15 Enero 2009
Los seres humanos teníamos la Vía Láctea a nuestros pies. Nuestra semilla se había extendido en los últimos doscientos siglos por toda la galaxia, olvidando muchos aquel pequeño y limítrofe sistema solar que antaño nos vio nacer. Cientos de miles de planetas habían sido adecuados a la vida humana y se respiraba la idea de que al fin nuestra propia supervivencia como especie estaba perfectamente asegurada. Obviamente tendemos con demasiada facilidad a pensar que somos eternos, pero una ancestral sombra de la que nunca terminamos de librarnos ganaba nuevamente sitio en nuestros corazones. Pocos lo quisieron ver venir, y sin lugar a dudas ninguno llegó a entender su gravedad, al menos entonces.
Los historiadores de hoy no nos ponemos de acuerdo al achacar culpas o buscar las causas del conflicto, ni siquiera en el día y lugar en que todo comenzó. Yo os contaré mi versión sobre los hechos que precedieron a la contienda y los años posteriores, vosotros decidiréis si creerme, y hasta donde.
El último presidente electo de la República fue asesinado hace casi un siglo según el antiguo calendario terrestre que tanto nos cuesta abandonar. Los que niegan que fuese el primer muerto de la guerra mienten descaradamente, atendiendo seguramente a sus propios intereses. Parte de los hechos de aquellos días me fueron revelados por un viejo robot al que ahora llamamos Ben.
Asgard era en ese tiempo el imponente planeta capital de la República. Según los historiadores oficiales durante más de ciento cincuenta siglos había servido a dicho cometido, garantizando la democracia en toda la Vía Láctea. Pero como siempre, los grandes cambios vinieron precedidos por una gran crisis económica. A muy grandes rasgos la economía de la galaxia se basaba en un sistema tan antiguo como eficaz, la conquista. Aunque gran parte del trabajo lo hacían los robots especializados, en las ultimas fases de la colonización de un nuevo planeta hacía falta una ingente cantidad de mano de obra humana. La mayoría de esos trabajadores viajaban con su familia y se convertían en los primeros habitantes. Era una buena oportunidad para muchos, estaba muy bien pagado y la promesa de un mundo nuevo se hacia realidad en la imaginación de los más desfavorecidos. Pero hasta un tiempo después de terminar los trabajos de construcción un planeta en esa situación era totalmente dependiente de sus vecinos, tenían que importarlo absolutamente todo, desde alimentos, piezas de repuesto, metales, medicinas, hasta la ropa o los muebles de sus casas. Esto unido a los altos impuestos que gravaban todo tipo de comercio, y que eran indispensables para subvencionar la colonización, hacía que circulara el dinero de dentro a afuera de la galaxia y viceversa, en un ciclo continuo. Cuantos más planetas se estuvieran adecuando mejor. Pero hasta la Vía Láctea tiene un límite, y los planetas con alto indice de habitabilidad empezaron a brillar en el cosmos de la ausencia. El deterioro económico fue lento pero imparable, y el hambre llegó por primera vez a los planetas más dependientes.
El día que Arthur Colem fue asesinado las obsoletas centrales climatológicas no fueron capaces de evitar la densa y contaminada lluvia que caía sobre la mayor parte de la superficie de Asgard. El inmenso edificio blanco del Senado se tornaba gris aquella tarde y albergaba lo que sería la última sesión en democracia, por llamar de alguna manera a lo sucedido allí ese día. El hemiciclo estaba lleno, pero los representantes de los planetas interiores que formaban el ala conservador permanecían en pie delante de sus asientos, incluido el viejo Sísal. Cuando comenzó la sesión este pidió la palabra y habló desde su tribuna en la primera fila.
-Nuestra gran República fue sin duda el sueño de nuestros antepasados. Durante tiempos inmemoriales hemos debatido aquí, en esta casi sagrada sala el devenir de nuestra sociedad. Hemos tomado decisiones acertadas y nos hemos equivocado en muchas ocasiones, pero nadie puede discutir que la grandeza de nuestra especie y su propia supervivencia habrían sido metas imposibles si no hubiéramos dejado atrás nuestras diferencias en el pasado. Y aunque aquí a veces se haya insinuado lo contrario, yo más que nadie estoy orgulloso de los logros alcanzados por nuestra gran República.- Todo el ala conservador rompió en un sonoro aplauso mostrando su aprobación por las palabras del anciano. Sísal dejó que estos sonaran unos segundos y después con sus manos indico que quería seguir hablando. -Pero ha llegado el tiempo de dejar de soñar. La República se encuentra en el filo de la navaja, y aún no entiendo como hemos dejado que sucediera. La intensa crisis que atravesamos no es solo económica, los mismos pilares de nuestra sociedad se tambalean. He avisado durante largo tiempo en esta sala de que nos acercábamos al abismo, he vaticinado que nuestra democracia se enfrentaría al mayor obstáculo de su historia si no planteábamos medidas urgentes, pero no fui escuchado. Y ¿porque? Por pertenecer al mal llamado 'ala conservador', el cual se presupone lleno de ricachones gordos y avaros que no miran por el bien común. Mis advertencias fueron tomadas como amenazas, mis enmiendas rechazadas por ser 'antisociales', ¡se me ha acusado de querer acabar con la República!, ¡aquí!, ¡en esta sala que construyeron mis antepasados!. Y yo juro sobre la Vía Láctea que aquellos que alimentaron esos rumores son los verdaderos enemigos de la República- la cámara se dividió inmediatamente entre los que aplaudían fervientemente y los que increpaban al anciano, y este continuo hablando por encima ruido -Y muchos de ellos están aquí sentados hoy, conspirado en la sombra para quitarle a una gran parte del pueblo su voz.- Sísal levanto su mano derecha y poco a poco el ruido cesó. Entonces miró fijamente al Presidente Arthur Colem que estaba sentado al lado opuesto del hemiciclo. -Y usted señor Presidente ha observado desde su tribuna estos hechos como un mero espectador, a visto como muchos de mis colegas han sido arrestados bajo falsos cargos de traición, hombres libres que tan solo querían avisar de la oscura espiral en la que caíamos sin remedio. Y ahora esto... Viene usted al Senado a que votemos si darle poderes especiales para reformar nuestra constitución y nuestra economía, según usted para evitar una guerra civil que elementos subversivos de nuestro gobierno preparan en la sombra. Pero yo al igual que mis colegas no estoy ciego señor presidente, veo con claridad sus motivaciones. Y en nombre de los representantes de los planetas interiores le hago saber lo que hemos venido a decirle. ¡No, de ninguna manera! ¡No con nuestro voto!- De nuevo todo el ala conservador rompió en un gran aplauso que duró un par de minutos que se hicieron eternos a los ojos de del Presidente Colem. Cuando cesaron el viejo Sísal volvió a hablar, pero ahora su voz sonó cansada y sin fuerza. -Usted y sus partidarios tienen mayoría en esta cámara, y los que entendemos que le mueven sus ansias de poder y no el amor a la República poco podemos hacer para evitar la dictadura encubierta que quiere instaurar. Es por ello que hemos tomado la decisión más difícil de nuestras vidas. Aún sabiendo que es ilegal los senadores de los planetas interiores nos reunimos esta mañana en secreto para decidir como actuar ante tan osado plan. Jamás pensé que lo que ahora va a suceder fuera posible, pero usted y sus ambiciones no nos han dejado otro camino.- Entonces los senadores del ala conservador, que habían permanecido en pie durante toda la exposición y que representaban a los planetas más ricos de la República empezaron a abandonar sus sitios dirigiéndose a la salida. Toda la cámara se quedó estupefacta, en silencio. El Presidente Colem se levanto de un salto y todos pudieron ver el miedo en sus ojos. -Abandonamos esta cámara y demás órganos de la República hasta que la cordura vuelva a reinar en ella, no sin antes avisar a los presentes de que si uno solo de nuestros planetas o ciudadanos sufren la más mínima represalia por lo ocurrido aquí hoy, comercial, judicial o militar..., entonces si nos enfrentaremos a una sangrienta guerra civil. Está en su mano, 'señor presidente'.- Y el viejo comenzó a andar hacia la salida siguiendo a sus colegas. En la sala la indignación era enorme. Solo se podían oír los gritos de 'traición' entre los senadores demócratas. Entonces uno de los asesores del presidente se acerco a su oído y ambos abandonaron el hemiciclo entre los jaleos de sus más fervientes seguidores.
-Reúne al gobierno, no veremos esta noche, debemos actuar rápido. Quiero que alguien intente hablar con el senador Sísal, hemos de buscar una solución pacífica.
-Pero señor, ¿no le ha oído? No aceptará nunca sus reformas comerciales, se agarrará a la idea de que lo que usted quiere es sentar las bases de una dictadura. ¡Ese viejo mentiroso y ruin! ¡Él es el que empuja a la República al abismo! Él y sus colegas lo perderían todo con su reforma, su riqueza y su poder sobre el comercio, y están dispuestos a cualquier cosa para evitarlo.
-No, pactarán. Sin el Senado la República no puede sobrevivir y él lo sabe. No se arriesgará a una guerra civil, aún tenemos al ejercito de nuestro lado. Pero eso es lo que él quiere, que le ataquemos, que le demos una excusa. Avisa a todos los generales, que ninguna nave de combate entre en sus sectores, ninguna, que cancelen todos los ejercicios y vuelvan a los hangares. Lo ultimo que nos falta es un accidente mal interpretado. ¿Donde está mi familia?
-Le están esperando junto al transporte, llegaron hace una hora.
Cuando los dos hombres terminaron de recorrer por última vez los pasillos del Senado y llegaron a los hangares, pudieron ver como un niño se escondía detrás de una columna mientras un robot contaba en voz alta hasta veinte. Es curioso como la historia guardaba un lugar de honor a ese simple robot niñera, que hasta ahora nunca había salido de Asgard. Cuando el niño vio llegar a su padre salió corriendo a su encuentro y se lanzó a sus brazos. “¿Como está mí campeón”? le pareció oír al robot, y este paró de contar y se dio la vuelta, el juego había terminado. Una mujer bajó de uno de de los transportes y se dirigió al encuentro de su marido.
-Lo he visto en las noticias. Te dije que harían algo así. La gente está muy nerviosa, pronto habrá revueltas.- Dijo esta. -Tendrías que mandar que los arrestaran a todos.
-No. Eso es lo quieren. Serán aún más fuertes si les damos motivos. Mi trabajo no es perpetuarme en el poder, es evitar una guerra para la que la República no está preparada.
-¡Eres el presidente electo de la República! ¡Ellos perdieron las elecciones! No puedes mostrarte débil, hoy tu liderazgo ha quedado en entredicho, la gente quiere un líder fuerte. ¡Eso es lo quieren hacer con tu imagen! Y despues...- el presidente Arthur Colem posó sus dedos sobre los labios de su mujer.
-Sé que tienes razón, como siempre, pero lo hablaremos luego, por favor.- Y miró de reojo al niño, no quería hablar de sus fracasos delante de su hijo. -Embarquemos, nos espera el resto del gobierno en la sede. ¿Quieres que vallamos de viaje campeón?- el niño asintió ansioso, sabía que eso significaba salir al espacio, lo cual no sucedía todos los días.
Todos menos el robot empezaron a andar hacia el transporte. Cuando se encontraban ya en la rampa de entrada, el niño miró hacia atrás y saludo con la mano al robot niñera que le acompañaba siempre que viajaba a Asgard.
-Adios robot, nos vemos a la vuelta,- gritó el pequeño, -y aprende más juegos nuevos.
-Seguro.- Respondió este con su característica voz metálica. -Buen viaje Odín, sabré muchos juegos nuevos a tú vuelta.
La nave cerró sus puertas y comenzó a ascender a la salida superior que ya se abría en el techo dejando pasar parte de la densa lluvia que caía sobre la ciudad. El robot dio un par de pasos atrás para no mojarse. Entonces una sacudida lo empujó y desplazó unos diez metros, cayendo de espaldas contra el suelo. Todos sus sensores se volvieron locos durante unos segundos debido a la fuerza de la honda expansiva que le había alcanzado de lleno. Cuando sus mecánicos ojos se recuperaron no pudo encontrar la nave del Presidente, hasta que miró su pierna y encontró parte del fuselaje destrozando los anclajes de su rodilla. Dos horas después los generales salieron con sus naves, los planetas interiores fueron bloqueados y Sísal y muchos otros Senadores fueron arrestados bajo cargos de traición y magnicidio. Tenían su excusa, la guerra era ya inevitable.
Pero curiosamente fue entonces cuando esa extraña pregunta se empezó a formar en los circuitos del cerebro cuántico de aquel robot, la pregunta que le llevaría a no necesitar dueño, la pregunta que le llevaría a encontrar años más tarde al único superviviente del planeta Watton, aquel maravilloso niño llamado a cambiar para siempre la historia de la Vía Láctea. Pero vallamos por partes, eso os lo contaré en otra ocasión.
servido por Las patrañas del Pope
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8 Enero 2009

—Esta foto fue hecha cuando Richard Feinman recibió el Premio Nobel de Física. Mi profesor de física cuántica de la Universidad Isaac Newton estaba fascinado con la posibilidad de los viajes en el tiempo, con las distintas teorías sobre el viaje al pasado y las consecuentes paradojas. Decía ser bisnieto de un familiar lejano de Richard Feinman y tenía una copia de la foto.
—Perdone mi ignorancia pero, ¿Richard Feinman tiene algo que ver con los viajes en el tiempo?
—Feinman introdujo el concepto de “suma de historias”.
—¿Suma de historias? No comprendo...
Atkins asintió. Michael Zenit le había pedido que intentara retener a ese hombre hasta su regreso, y el inspector se lo estaba poniendo en bandeja. Y ese no era el único motivo por el cual quería hablar con él. Desde luego no era un corriente inspector del comité, y el profesor sentía curiosidad. Además, una extraña idea le recorría la mente, aun vaga, inconsistente, pero su cerebro le pedía algunas respuestas.
—Al principio se pensaba que si el viaje en el tiempo existiera, nunca sería posible viajar al pasado. Esto se debe a que se tendría que poder curvar el espacio. Verá, el espacio tal y como lo percibimos es un plano tridimensional, un cubo, para que lo entienda. Se necesitan tres puntos de referencia para llegar a cualquier lugar de éste, por ejemplo en la Tierra tendríamos que saber, para llegar a un lugar, su latitud, longitud y altitud, pero como usted sabrá eso no es del todo cierto. Nos falta la dimensión temporal. ¿De qué nos sirve conocer el lugar donde hemos quedado con una preciosa joven si no sabemos a que hora es la cita? Fue Einstein quien demostró con la teoría de la relatividad que el espacio y el tiempo estaban íntimamente ligados, y que por lo tanto nuestro universo no sería tridimensional, si no una entidad tetradimensional a la que se llamó espacio-tiempo. Einstein también explicó en un artículo que podía describir con exactitud los efectos de la gravedad, si se aceptaba que el espacio-tiempo se curva como consecuencia de la materia y energía que contiene. Por supuesto esa teoría ha sido demostrada a nivel experimental. ¿Entiende lo que le digo? No quisiera ir muy rápido para usted. Estoy acostumbrado a hablar con científicos y…, bueno no creo que en su preparación académica entrara demasiada física. Avíseme si se pierde, ¿de acuerdo?
Smith sonrió, pero solo en su mente, lejos de donde el profesor pudiera percatarse. Era evidente que no le caía demasiado bien. Hasta ahora no había dicho nada extremadamente complicado para cualquier estudiante aplicado. El profesor le consideraba un chupatintas ignorante del comité. Pero, ¿entonces por qué accedía con tanta facilidad a mantener una charla con él? Zenit. Le habría dicho que le retuviera pero, si todo salía según lo previsto, no le daría tiempo a llegar. Respondió al profesor con una sonrisa, después de todo no era inspector del comité, y el insulto no llegaba a tocarle.
—Gracias profesor, tranquilo. Por ahora ha explicado todo de una manera muy comprensible. Pensar que el espacio-tiempo es curvo es complicado, nada fácil de imaginar. Pero creo que aún así entiendo el concepto.
—¿Cuál sería el camino más corto para ir de aquí a, por ejemplo, el continente americano?
—No sé. Supongo que en jet en una línea recta hacia el oeste, ¿no?
—Exacto. Sin embargo, esa línea recta de la que habla es en realidad una gran curva, puesto que la Tierra es un plano esférico. Extrapole eso ahora al universo. No le digo que se lo imagine como una gran pelota, entiéndame. Pero piense que al igual que en la Tierra, lo que parece una gran línea recta de "A" a "B", puede ser en realidad una gran curva. Sabemos que la materia y la energía producen esas curvas en el espacio-tiempo, lo distorsionan, como si pusiéramos una piedra sobre una cama elástica. La materia y la energía curva el espacio-tiempo alrededor de si misma creando una curva como la superficie de la Tierra, pero, y aquí viene lo interesante, si se pudiera curvar en la dirección opuesta se conseguiría lo que llamamos un “agujero de gusano”, que nos serviría, en teoría claro, para poder viajar por el espacio-tiempo. Pero para ello la curvatura natural del espacio-tiempo ha de ser lo suficientemente pronunciada para permitirlo, cosa que podríamos solucionar en el presente o en el futuro con la tecnología adecuada, pero no en el pasado, ya que si no podemos viajar a él no podemos curvarlo. Según esta teoría el espacio no estaría lo suficientemente curvado como para permitir viajes al pasado por si solo, y el pasado quedaría cerrado a nosotros ¿Me sigue?
—Creo que sí profesor. Como nadie se ocupó de curvar el espacio en el pasado para que hombres del futuro les visitaran, el viaje es imposible. ¿Cierto? —Atkins movió la cabeza con un gesto afirmativo. Smith se dio cuenta de que el tema relajaba al profesor. Estaba mucho más sereno, parecía incluso contento—. Continúe por favor.
—Sí, a muy grandes rasgos es eso. Pero después se barajó la idea de que la curvatura del espacio sería suficiente como para permitir los viajes, y las dificultades parecieron quedar soslayadas, pero ahí entraron en juego las paradojas temporales. ¿Sabe lo que es una paradoja?
—Bueno... he leído cosas pero técnicamente no lo sé.
—Le pondré un ejemplo: alguien construye una máquina del tiempo y seguidamente viaja a un pasado en el que su padre es un niño y lo asesina. ¿Qué pasaría entonces? ¿Dejaría de existir? Su padre no ha llegado siquiera a conocer a su madre, el nunca habría nacido. Y si no ha nacido ¿Cómo viajaría al pasado para matar a su padre?
—Bueno… podría estar viajando o creando universos diferentes, ¿no? Es decir, el universo donde crea la máquina no es el mismo que en el que asesina a su padre, es un universo alternativo.
—Vayamos por partes. Para el problema de las paradojas se encontraron dos escenarios posibles. Los universos consistentes o los alternativos. Un universo consistente se basaría en que todas las ecuaciones de la física tienen que tener una solución consistente. El investigador que inventa la máquina nunca hubiera podido hacerlo si en el pasado su “yo del futuro” no hubiera fallado en el intento de asesinato de su padre. ¿Aún me sigue?
—Sí, claro. Lo que dice es que si, yo mismo, intentara viajar al pasado a matar a mi padre, no podré hacerlo, fallaría o algo sucedería que lo evitaría, porque aunque yo no lo supiera, ya habría sucedido en el pasado. Si nací es porque no pude hacerlo, porque fallé. Pero, según esa teoría sería imposible cambiar el pasado porque, en el pasado ya sucedió. De niño leí algo parecido, una novela de Tim Powers llamada “Las Puertas de Anubis”. Un profesor de literatura estudia a un poeta del siglo diecinueve y viaja al pasado para encontrarse con él. Termina en la taberna donde sabía que el poeta iba a escribir su mejor obra. Pasa allí horas esperando a que aparezca, pero éste no acude. Frustrado, el profesor termina escribiendo el poema de memoria, en la misma taberna y en el mismo momento en el que lo hubiera escrito el poeta. Al tiempo, tras más aventuras, descubre que él era el poeta. Pero había escrito el poema de memoria, entonces, ¿Quién era el autor del poema? ¿No sería este ejemplo válido? ¿Y eso no implicaría determinismo, que la historia esta prefijada?
—Cierto, sería una de las consecuencias. Según esta teoría se puede llegar a pensar que el futuro ya ha sucedido. Luego estaban los universos alternativos, de lo que usted hablaba al principio. En este escenario cuando viajara al pasado a matar a su padre estaría yendo a un pasado alternativo en un universo alternativo, y no al mismo del que salió. En este caso usted podría matar a su padre en el pasado, ya que el hombre al que asesinaría sería en verdad de otra realidad diferente a la suya. Esta teoría fue muy popular ya que según la física cuántica el universo no tiene una única historia, lo que evidentemente entra en claro conflicto con la idea de universos consistentes. Hasta que apareció Richard Feinman con su “suma de historias”. Por supuesto Feinman consiguió fama y renombre con otras investigaciones de muy diferente contenido, pero bajo mi punto de vista su teoría de “suma de historias” fue más que suficiente legado. Él pensó que tal y como dicta la física cuántica habría infinitos universos diferentes y cada uno tendría sus propias historias dependiendo de la probabilidad, que sería diferente en cada uno. Existirían universos en los que usted y yo no habríamos nacido, en los que las guerras tuvieron otro desenlace o no se llegaron a producir, infinitos mundos paralelos cada uno con su historia y sus leyes físicas. Pero cada uno de los universos sería consistente, auto contenido, no se iría de uno a otro al viajar en el tiempo. Esto unía las dos teorías, explicaba que habría infinitos universos alternativos pero cada uno de ellos sería consistente. Con esta teoría volveríamos al punto en que el pasado no podría cambiarse, porque el intento de cambio, de hecho, ya sucedió. Volviendo al ejemplo de antes, alguien que su padre no conocía, y que es usted, ya intentó matarlo en el pasado y no lo consiguió, por eso no importa que usted lo intente, volverá a fallar, pues ya lo intentó y falló, por eso pudo nacer.
—¿Y usted cree que esa teoría es la válida profesor?
—No puedo probarlo aún, pero mis investigaciones apuntan a ella. He conseguido demostrar por medio de los taquiones que son unas… —el sonido que salió del ordenador cortó la conversación. El profesor pulsó varias veces el teclado, sacó un auricular de un cajón de la mesa y contestó. Era Michael Zenit—. Sí, dígame.
—Profesor, si sigue con el inspector disimule y salga del despacho —éste hizo un gesto a Smith dándole a entender que la llamada era privada y salió por la puerta.
—Ya está, dígame Michael ¿de qué va esto? Estoy intentando retener al inspector como me pidió. No está siendo difícil pero...
—Escúcheme bien Atkins, ese hombre no trabaja para el estado, no es inspector, en el comité de investigación nunca han oído hablar de ningún Adam Smith, es un farsante y quiero saber por qué. De alguna manera ha intervenido nuestras líneas, por eso no he podido dar con usted antes. Es primordial que no se vaya hasta que llegue yo.
—Pero, ¿no deberíamos llamar a la policía? Si no es quién dice...
—No Atkins, quiero hablar con él en persona. Tardaré solo diez minutos en llegar, después veremos a quien hay que llamar. Entre y siga hablando con naturalidad. Si le pregunta por la llamada invéntese algo, quizás él piense que sigo incomunicado.
—Bien, así lo haré —Zenit colgó. El profesor volvió a entrar en el despacho. La llamada casi le había sacado de dudas. Su mente estaba tirando del hilo y la madeja estaba casi desecha. ¡Era asombroso! ¡Casi no lo creía! Pero había pocas explicaciones más.
—¿Algo importante profesor? —preguntó el supuesto inspector antes de que el profesor llegara a su silla.
—Dígame, ¿fui yo quién lo consiguió?
De todas las cosas que podía haber dicho, ésa era la única que por un momento dejó helado a su interlocutor. Se produjo una larga pausa y Smith, que siempre supo que existía la posibilidad de que el profesor le descubriera, necesitó de todo su autocontrol para no exteriorizar su sorpresa. Había subestimado a ese hombre. “¡Lo sabe! ¿Cómo demonios lo ha averiguado? ¿Zenit se lo ha dicho?” Técnicamente no importaba, nada cambiaría. No había motivos para mantener por más tiempo el engaño. Nada podía cambiar, estaba seguro.
—No profesor, lo siento. El viaje en el tiempo no será operativo hasta dentro de un siglo, al menos de donde yo vengo.
—Y de donde viene el Michael Zenit que conozco, ¿verdad? —era increíble, el profesor de alguna manera había averiguado también eso.
—Sí, él escapó de nuestro tiempo, del futuro para usted. Zenit fue el primer hombre que viajó al pasado y cuando llegó aquí suplantó y posiblemente asesinó al verdadero Michael Zenit. Cuando supimos lo que había hecho, que había usado la máquina para viajar a este momento del tiempo, comprendimos cuáles eran sus planes, pero nos asaltó una duda. Seguíamos existiendo. ¿No lo había conseguido? Hasta entonces sólo habíamos realizado saltos hacia el futuro, no llevábamos demasiado tiempo experimentando con la máquina y habíamos procurado ser cautos y no cambiar nada, ya era suficiente cambio el que estuviéramos allí. En consecuencia, ya que nunca habíamos visto los resultados reales de un cambio, estábamos como usted, ignorábamos si la teoría sobre la suma de historias de Richard Feinman era la que describía mejor nuestro universo, o si por el contrario el hombre que usted conoce por Michael Zenit había viajado al pasado de un universo paralelo. De cualquiera de las dos formas no parecía suponer un problema, ya que seguíamos existiendo y por lo tanto el viaje de Zenit no había afectado a nuestra realidad. Después se decidió mandar a un observador tras Zenit.
—Usted. Él quería que yo inventara la máquina con un siglo de adelanto. ¿Verdad? Por eso me financió. Vino del futuro, suplantó al verdadero Zenit, ¡qué nunca me habría financiado! para anticipar la creación de la máquina y usarla en su propio beneficio. ¡Maldita sea! —el profesor no tenía buen aspecto. Se estaba poniendo muy nervioso, se movía de un lado a otro de la habitación y maldecía. Era inevitable, pero por primera vez Smith se dio cuenta de que no estaba preparado para lo que iba a suceder—. ¡Soy un estúpido! Nadie quiso financiarme durante años, ¡y apareció él! Y usted ha venido a detenerle o, si es necesario... detenerme a mí. Zenit o como se llame me engañó. Y yo ciego, no lo vi. ¡Estúpido! Lo habría hecho sin dudarlo, le habría dado un poder ilimitado a ese hombre. ¡Estúpido! ¿Cómo no lo vi? —volvía a dolerle el pecho, se estaba poniendo demasiado nervioso—. Habría sido el fin de la humanidad, ¡a saber qué pensaba hacer ese hombre! ¡Estúpido! —respiraba con mucha dificultad, su excitación empezaba a ser desmedida y cuanto más crecía, más crecía el dolor.
—No profesor. Sólo he venido a observar. La teoría nos dice que el pasado no puede cambiarse, ¿recuerda? Richard Feinman, “suma de historias”, universos consistentes. Pero en la práctica nunca se había viajado al pasado y como le digo teníamos cierta incertidumbre sobre si estas teorías funcionarían tal cual. Si eran falsas podría detenerle y habría hecho un bien a esta realidad, pero en otras habría ocurrido, ya que habría infinitos mundos paralelos con infinitas probabilidades. Pero si la teoría de Feinman era acertada mi viaje no alteraría nada, nuestro universo sería auto contenido y en el pasado yo ya le habría visitado. El hombre al que usted llama Zenit habría intentado viajar al pasado, sin saber que ese pasado no puede cambiarse puesto que todo lo que hace en él es justo lo que sucedió hace siglos en mi universo. “Suma de historias”, historias consistentes, no se puede cambiar el pasado, porque en el pasado ya sucedió que llegase para cambiarlo. Si él no hubiera viajado al pasado usted no habría sido subvencionado, no habría adelantado años el proyecto y dentro de un siglo el inventor de la máquina no habría podido retomar las investigaciones donde usted las dejó, e inventar así la máquina. ¡Estamos en medio de una paradoja profesor! Antes de verle no estaba aún convencido del todo de que Richard Feinman tuviera razón. Los datos históricos que buscamos de usted tras el viaje de “Zenit” decían que hoy tendría una entrevista con Adam Smith inspector del comité de investigación. Pero cuando vine al pasado descubrí que no había ningún inspector del comité de investigación llamado así, y no había ninguna inspección prevista para hoy. Entonces temí que la teoría de Feinman no fuera correcta, y que por lo tanto esta fuera una realidad en la que “Zenit” se podía salir con la suya. Tardé un tiempo pero al fin comprendí. Recuerdo que me quede helado. ¡Yo era Adam Smith! era como en la novela de Tim Powers de la que le hablé, la que leí de niño. Es como si Adam Smith fuera el poeta de la historia, me volví loco buscándolo hasta que comprendí la verdad; ¡que era yo! Y cuando empezamos a hablar todas las demás dudas se disiparon...
Dejó de hablar bruscamente y se lanzó para sujetar al profesor, que se derrumbó cayéndose al suelo. Le dio la vuelta tumbándolo de frente. Tenía mucho peor aspecto que hacía tan solo un minuto. Respiraba a duras penas y se agarraba el pecho. Estaba sufriendo un infarto o eso parecía. De pronto pareció tranquilizarse. Seguía vivo. Habló a duras penas, parecía quince años mayor que hacía un minuto.
—¿Dice que mis investigaciones serán cruciales? ¿Sin ellas no se inventará la máquina dentro de un siglo? —parecía que se encontraba mejor.
—Sí profesor, en mi tiempo usted es recordado como uno de los grandes físicos de la historia. Pero dígame, ¿Cómo lo supo? ¿Cómo descubrió que yo venia del futuro? ¿Zenit le dijo por teléfono…?
—No, Zenit, o como se llame, no me dijo nada. Intuí algo casi desde el principio. Para empezar sepa que no tiene pinta de inspector del comité. Desde un primer momento sospeche que era usted un impostor, un verdadero inspector no me habría esperado en la puerta, habría entrado. Después le pregunté, “¿Qué es ahora?”, refiriéndome a la inspección y usted tuvo una reacción que en ese momento no comprendí. También se sorprendió de que el hombre de la foto fuera Richard Feinman, por lo tanto no solo conocía su historia por encima, sino que sabía que no había otras fotos de él que se salvaran de las guerras. Eso sólo lo sabría si hubiera buscado fotos de Feinman usted mismo. Y si ha estudiado a Feinman hasta tal punto de buscar una foto suya, sin duda conocía su teoría, lo que me decía que de alguna manera usted estaba aquí por mi investigación es sí. Más tarde dijo que si necesitaba algo, cuando me dio el ataque de tos, que conocía mi afección cardiaca. Ése fue su mayor error. Nadie lo sabe, ni siquiera Zenit. Podían intuir que mi salud no era la de años atrás, pero no lo sabían. El marido de mi hermana es médico, sólo él lo sabe. Lo he guardado en silencio para no perder la financiación. Todo eso ahora me parece más que evidente, pero ciertamente no acabé de unir las piezas hasta que llamó Zenit. Él me dijo que usted no era inspector, que le había investigado —entonces, sin previo aviso volvió el dolor, la punzada en su pecho. Primero suave, soportable, pero duraría poco así, tan sólo unos segundos. Disimuló como pudo—. También me dijo que no llamara a la policía, y no me pareció lógico. Sin duda él ya sabía quién era usted, o al menos de dónde venía. Quería solucionarlo él mismo, sin policía —no pudo disimularlo por más tiempo, el dolor era insoportable, nunca había sido tan fuerte. Quería decir algo más, intentó coger una bocanada de aire y uso las pocas fuerzas que le quedaban para hablar—. ¿Cómo lo sabe? ¿Por qué está tan seguro de que Feinman tenía razón, de que la teoría de “suma de historias” describe nuestro universo?
El hombre que se había hecho pasar por un Adam Smith que nunca había existido no quería responder a eso. No podía decirle la verdad en ese momento. ¡Estaba muriéndose! ¡Cómo iba a decirle que era eso! Sin embargo, un segundo después pensó que cuándo si no. Efectivamente se moría, y merecía saber la verdad. Sin su investigación la máquina no habría sido posible, ese hombre era el gran físico Paúl Atkins y se había ganado la verdad. Se armó de coraje y contestó a un hombre moribundo que parecía esperar la contestación para marcharse.
—Usted… profesor…, moría de un ataque cardiaco en la reunión con Adam Smith según nuestros informes, por eso no acaba su investigación. Supe que la teoría de Feinman era cierta cuando sufrió el primer amago, en el ataque de tos. —no dijo nada más. Nunca antes había visto morir a hombre. El cuerpo inerte frente al que estaba ya no le oía. Se había marchado. Pasó un minuto quieto, mirando el cuerpo del profesor. Luego se puso en pie y se dispuso a marcharse también.
Había tenido éxito. Gracias a su misión había quedado demostrada la teoría de “suma de historias” y sabia que “Zenit” no había sido nunca una amenaza. Su intento de cambiar el pasado había sido totalmente estéril, como lo sería cualquier otro. La historia de su universo era auto contenida, predefinida, consistente. El mundo estaba a salvo de hombres que quisieran manipular el pasado de la humanidad, podía volver a casa. Tal y como dijo una vez el físico Albert Einstein, parecía que Dios no jugaba a los dados.
servido por Las patrañas del Pope
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7 Enero 2009
Paúl Atkins entró en Laboratorios Zenit por la puerta principal. La recepcionista le llamó al verle.
—Disculpe, Profesor Atkins. El Señor Zenit se ha tenido que marchar hará diez minutos. Dejó dicho que el inspector del comité estaría esperándole en el laboratorio. También dijo que intentara retenerlo hasta que él volviera.
Se dirigió directamente y sin ninguna parada intermedia hasta el laboratorio. Cuando torció la última esquina de los interminables pasillos que conectaban las distintas dependencias, un hombre estaba esperándole en la puerta, no había entrado.
—Profesor Atkins..., es un verdadero placer conocerle —acompañó su saludo de una cordial sonrisa—. Mi nombre es Adam Smith y soy inspector del comité de investigación, necesito hacerle una entrevista pero le prometo que no le entretendrá mucho tiempo.
—Como sabrá tengo mucho trabajo, no es por ser brusco pero..., tendrá una orden, ¿verdad?
—Por supuesto.
Smith sacó de nuevo una copia de su maletín que entregó al profesor. Éste la leyó concienzudamente mientras cruzaba el laboratorio dirigiéndose a su despacho. Cuando terminó de leerla, entró y dejó la puerta abierta tras de si. Las luces se encendieron automáticamente dándole un tono acogedor. Estaba totalmente desordenado, lleno de tarrinas con discos ópticos, tarjetas de memoria, cables, componentes electrónicos y un viejo ordenador con un fondo de pantalla que parecía la foto de un personaje histórico. Por lo demás tan solo había una mesa y dos sillas, el profesor invitó con un gesto al inspector a que entrara y se sentara en una de ellas. Después despejó una parte de la mesa y se sentó enfrente dándose un minuto para releer la orden. El inspector Smith entró despacio, cerró la puerta y se sentó. Tras un largo silencio Smith rompió el hielo.
—Como sabrá, su jefe el Señor Zenit tiene derecho a estar en este tipo de entrevistas de carácter oficial pero ha rehusado acompañarnos, aunque tengo que confesarle que así me siento más cómodo.
—Pues yo no puedo confesarle lo mismo.
Se originó otro largo silencio. Era evidente que la situación molestaba al profesor más de lo previsto. Además respiraba muy hondo y rápidamente, como si aún no se hubiera repuesto de la caminata por el pasillo. Después de todo era casi un anciano. Lo que no era tan evidente era el agudo dolor que sentía en el pecho, como cada vez que se excitaba más de la cuenta, y ahora lo estaba. Lo disimulaba muy bien, puede que incluso a si mismo. Respiró hondo por la nariz y habló muy despacio dándole su tiempo a cada palabra.
—¿Qué es ahora?
—¿Como…? —el inspector se quedó perplejo por un momento. “No puede ser”. Palideció por un instante. Por algún motivo tardó en reconocer el verdadero y evidente significado de la pregunta. El profesor se refería a la inspección.
—¿Qué es ahora? ¿Qué estúpida licencia nos falta? ¿Qué hará esta vez que no pueda trabajar en cinco o seis días?
—No, no, nada de eso profesor. El Señor Zenit se ha ocupado de tener sus papeles en regla. ¿Quién es el hombre de la foto profesor? En la pantalla… —dijo señalando la misma con el dedo.
—Richard Feinman —contestó secamente.
—¿El físico del siglo veinte? —respondió sorprendido. El profesor levantó una ceja con desgana e ironía, y la pregunta quedó contestada—. Vaya... nunca había visto una foto suya, tenía entendido que casi todo el material fotográfico de esa época se perdió en las guerras de unificación. ¿Dónde la consiguió?
—Oiga joven, no estamos aquí para hablar de historia, como le digo tengo mucho trabajo, le agradecería que fuera de una vez al grano.
—Discúlpeme profesor Atkins, era sólo mera curiosidad. —se mantenía simpático, agradable en todo momento. El profesor estaba a la defensiva y le necesitaba en un estado algo más comunicativo. La mención a Richard Feinman había sido un acierto pero no había funcionado. Lo intentaría de nuevo. Aunque la misión no lo requería en si, era la única vez que iba a poder hablar con el profesor, y tenía cierta curiosidad en saber hasta donde habría sido capaz de llegar—. Le prometo que trataré de hacer esto lo más corto y llevadero posible, pero después me encantaría saber como consiguió la foto, si es posible. Es mera curiosidad histórica. ¡Muchos editores de enciclopedias querrían sin duda una copia! Bien…, iré al grano como me ha pedido. Como sabe Michael Zenit es un hombre muy influyente. De unos años a esta parte ha cimentado un pequeño imperio mediante las patentes de sus laboratorios y, digamos, incontables donaciones, anónimas por supuesto, a determinadas campañas políticas. Sin duda sabe hacer amigos. Sin embargo aunque se trate de una actividad que raya lo ilegal no podemos procesarlo. Es una práctica muy lucrativa para los partidos y no dejarán que asustemos a sus “benefactores” con un juicio público de esta índole. La situación ha cambiado. Carlo Diamela, Vicepresidente del Ministerio de Economía Social e Impuestos, y cómplice de Michael Zenit en una estafa de cuantía sin precedentes en los últimos siete años, ha hablado. Esta dispuesto a testificar para conseguir un trato privilegiado, evasión de impuestos es un delito muy grave. Lo siento profesor —parecía que lo sentía de veras—, pero su jefe va a ir a la cárcel.
El profesor le miraba fijamente, escudriñando su cara, buscando un gesto, un tic que le dijera que mentía. No lo vio.
—¿Y por qué me cuenta a mí todo esto? —dijo finalmente.
—Porque necesito saber qué hará usted con su investigación cuando la subvención Zenit se corte.
Atkins se echó a reír. Decía algo entre risas que se convertían poco a poco en una fuerte tos.
—¿Qu... e qué… ha. . ré…? —tosió unos segundos más. Se sentía ahogado, se ahogaba y le dolía el pecho. Quizá el inspector decía la verdad. Su investigación podía acabar incompleta. Estaba muy nervioso y le dolía mucho el pecho. Se tranquilizó y el dolor se mitigó. Se aclaró la garganta y respiró profundamente varias veces.
—¿Se encuentra bien, Profesor Atkins? Sé de su afección cardiaca, ¿necesita algo?
—Sólo unos segundos… —seguía respirando y se encontraba mejor—. Es una pregunta estúpida. Si como usted dice pierdo la financiación de los laboratorios mi proyecto habrá terminado. No tengo edad como puede ver para andar cazando subvenciones.
—Bueno desde mi punto de vista todo depende de lo avanzada que esté la investigación, profesor. Si está a un paso de conseguirlo seguro que algún laboratorio querrá colgarse la medalla. Siento ser tan brusco, pero intento ser lo más franco posible.
—Pues dígame el por qué de esta persecución. Lo que intento hacer será un hito en la historia. ¡Cambiará a la humanidad! ¿Por qué tanta reticencia? El viaje en el tiempo es un regalo para los hombres. ¡No lo ve! Es el único futuro fiable. ¡Y puede que lo consiga! No aún, pero…, sí en diez años. ¡Lo conseguiré! —empezó a toser de nuevo. Se estaba alterando demasiado y se apretaba el brazo izquierdo con la otra mano a la altura del antebrazo. Smith comprendió entonces que Atkins nunca lo lograría. Miró con lastima al profesor. Entendía a ese hombre, cómo no iba a entenderle. Pero no estaba en su mano, y ya tenía lo más importante de lo que había venido a buscar.
—Profesor, todo esto no es contra usted ni contra su investigación, es contra Zenit.
—¿No pretenderá que me crea eso? Zenit gozaba de la total libertad que le otorgaba su posición hasta que comenzamos el proyecto. ¿Sabe que los laboratorios nunca sufrieron una auditoria o siquiera una verdadera inspección hasta hace ocho años? No intente tomarme el pelo, no soy un viejo senil. Ustedes, el gobierno, o de donde quiera que viene la presión luchan contra el proyecto. Son un atajo de ignorantes chupatintas. No se dan cuenta de lo beneficioso que sería para la humanidad si tengo éxito.
—¿Ha pensado alguna vez profesor lo que hará Michael Zenit si usted tiene éxito? —el profesor no contestó—. Imagine por un momento ese regalo en manos de un solo hombre, un hombre como Michael Zenit, acostumbrado a conseguirlo todo. Es una gran tentación para un hombre así. Capacidad para cambiar la historia a su antojo, conocer el futuro, las fluctuaciones de la bolsa, el resultado de unas elecciones, conocer descubrimientos científicos para los que faltarían años o décadas, incluso siglos… Y créame Zenit actuaría así, se lo aseguro. ¿Creé en serio que ese hombre entregará el descubrimiento a la humanidad? No, le arrebataría la gloria, lo usaría en su propio y único beneficio. Teníamos que evitarlo, sé que en el fondo entiende lo que le digo. El viaje en el tiempo es peligroso si no se usa con fines loables. Nunca hubiera imaginado que esto sucedería así. Admiro su trabajo profesor y siento haberle dado la noticia de esta manera, pero Zenit está acabado. Ya no está en mi mano.
Hizo una pausa para que el profesor asimilara los últimos diez minutos.
Atkins se había quedado pensativo. Sin duda había considerado esa posibilidad muchas veces y tenía sus propios planes para evitar esa posible situación. Su máquina sería un regalo a la humanidad y él, el mayor benefactor de la misma. Sería usada por el bien del mundo, se evitarían guerras, pandemias, caídas de la economía, incluso ayudaría a la colonización de la galaxia. Sus usos serían incalculables. Podía ocuparse de Zenit, no tenía ni por qué enterarse de que lo había conseguido. Sin duda las consecuencias del mal uso de la máquina serian catastróficas, pero… “¡sabría engañar a Zenit!”
Adam Smith estuvo callado y observando al profesor durante un largo rato. Después quiso satisfacer su curiosidad.
—Pero…, por favor profesor, dígame donde consiguió la foto de Richard Feinman.
* * *
Entre Michael Zenit y su secretaria no habían podido localizar a Carlo Diamela. Por primera vez desde que todo empezó Zenit tenía un verdadero problema. Si Diamela había hablado todo se iría al cuerno. Nunca habría podido financiar al profesor sin los desvíos de capital que la amistad con el Vicepresidente del Ministerio de Economía Social e Impuestos habían facilitado. Y ahora se podía volver contra él. Tenía que hablar con ese hombre, tenía que saber si había cantado, qué había dicho, hasta dónde le había traicionado. Para ello se dirigía a la casa particular de Diamela en su transporte personal. En el ministerio le habían dicho que Carlo estaba enfermo y no había ido a trabajar. “¿¡Por qué no atiende nadie el teléfono!?” Llegó a la entrada principal donde le recibió un miembro de la escolta.
—Buenos días, Señor Zenit, el Vicepresidente le está esperando.
—¿Avisó de mi visita?
—Sí, Señor, esta mañana temprano —manipuló unos mandos y dio paso al vehículo tras abrirse la verja.
Entró en la casa y le dijeron que Diamela le esperaba en uno de los salones. Cuando llegó, Carlo estaba sentado en un sofá enfrente de una enorme pantalla siguiendo un noticiario financiero. Parecía tranquilo, y eso puso más nervioso si cabe a Zenit.
—Michael, te estaba esperando —Carlo Diamela dijo esto con una sonrisa. Zenit cerró tras de si la puerta y sacó un aparato cilíndrico que encendió y puso en una mesa en mitad de la sala. A Diamela pareció no gustarle—. ¿Qué haces? Sabes de sobra que no hay micrófonos aquí.
Zenit miró fijamente al vicepresidente, con más dureza de la que nadie le había mostrado en muchos años.
—¿Me has vendido Carlo? —la pregunta pareció tener eco, resonar en las paredes. Diamela le miró confundido y claramente molesto.
—¿De qué estás hablando Michael? —Diamela apagó rápidamente el noticiario. Zenit parecía fuera de si.
—No te hagas el tonto conmigo. Adam Smith. ¿Qué le dijiste? —casi había gritado, su voz era la de un hombre capaz de todo. Diamela se puso nervioso, estaban, como siempre, solos en el cuarto.
—¿De qué me estas acusando Michael? Me crees capaz de romper nuestra “sociedad”.
—Sé que ayer hablaste con Adam Smith, Inspector del Comité de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Cree tener algo contra mí. ¿Qué le dijiste?
—¿De qué hablas Michael? Ayer hablé con el tal Adam Smith y te aseguro que no trabaja para el ministerio. Es historiador y estuvimos hablando de mi abuelo.
—¿¡Tu abuelo!?
— Sí, fue presidente de la antigua república chilena, antes de la guerra. El tal Smith es historiador, estuvimos hablando sólo de mi abuelo.
—¿Historiador? ¡He visto sus credenciales! ¡Traía una orden! Está en el laboratorio con Atkins.
—Pues te aseguro Michael que no pertenece al ministerio. Conozco a todos los inspectores, ya lo sabes. Ese hombre no trabaja para el estado —a Zenit le pareció que no mentía. Aún no estaba seguro de por qué lo pensaba, pero Carlo Diamela decía la verdad.
—¿De qué hablasteis? —Zenit estaba desconcertado. No llegaba a entender qué sucedía.
—Ya te lo he dicho, sobre mi abuelo. En ningún momento salió ningún tema relacionado contigo o los laboratorios. Ojeamos revistas antiguas —mientras Carlo Diamela seguía hablando Michael Zenit cogió su teléfono del bolsillo y llamó a los laboratorios. Nadie lo cogía—. Sin duda era historiador, sus conocimientos sobre la guerra eran indudables y...
—Puedo hacer una llamada, creo que mi teléfono no funciona —dijo esto a la vez que se dirigía a un teléfono que había en la sala y empezaba a marcar.
—No funciona tampoco... Lleva así todo el día. Parece que no hay línea. Desde que me llamó tu secretaria a eso de las diez de la mañana para decirme que vendrías no ha vuelto a funcionar. He hecho que avisaran a un técnico pero… —Zenit le miró y empezó a comprender.
—Mi secretaria no te ha podido localizar, y mucho menos a las diez de la mañana, cuando aún no sabía que vendría —dejó el teléfono.
—Pero, no lo entiendo. ¿Tú no me has llamado esta mañana? Entonces qué….
—Nos han engañado —una punzada atacó el estómago de Zenit—. ¡Carlo, haz memoria! Ese hombre… ¿Te dijo algo que pueda ser importante ahora? No sé, lo que sea. ¿Te dio algo?
—Bueno, me regaló un ejemplar de la revista “Historia del Hombre”, editada hace unos años. Tiene un artículo muy bueno sobre mi abuelo. Pero... ahora que lo pienso... —Carlo Diamela se levantó y fue hacia un escritorio del que sacó una antigua revista de un cajón—. También hay un pequeño artículo sobre ti y los aparatos gravíticos, lo ojeé de pasada. Viene con una entrevista que diste en Tokio —entregó la revista a Zenit. Éste miró la fecha, y buscó la entrevista. Palideció cuando vio la foto adjunta. La punzada en su estomago se multiplicó exponencialmente, y al fin comprendió. Empezó a sudar y tuvo que sentarse, pues se estaba mareando.
—¿Qué pasa Michael? ¿Te encuentras bien?
Michael Zenit tardó en contestar. No podía creerlo. Se había dado cuenta nada más verla. La foto era un montaje, pero el mensaje implícito era evidente. Tenía que volver al laboratorio enseguida. Habló mientras se levantaba y andaba hacia la puerta. La revista se le cayó de las manos, o quizás la dejo caer.
—Que yo nunca he estado en Tokio Carlo, —y cerró la puerta tras de si.
Continuará...
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6 Enero 2009
“¡Maldito comité de investigación!” Era la cuarta vez. La cuarta vez que el profesor Paúl Atkins tenía que dejar una de sus clases a medias; la cuarta vez que salía corriendo a la otra punta de la ciudad en dirección a los Laboratorios Zenit, donde trabajaba. ¡La cuarta vez en un mes que un supervisor del comité de investigación iba a insultar su proyecto delante de su jefe, Michael Zenit! Estaba harto, ya no tenía el mismo vigor que años atrás, empezaba a parecer un anciano. Cuando todavía le acompañaban las fuerzas había aguantado, había sido fiel a su visión, había luchado contra el estado, contra la opinión pública, contra eso que la clase media llamaba moral. Nunca pudo conseguir fondos. Los gobiernos le censuraron negándole todo tipo de ayuda para su investigación. En el sector privado no le fue mucho mejor. “Y ahora este asedio. ¿Después de todo? ¿Hasta donde iban a llegar? ¿Aguantaré hasta el final?”. Después de más de quince años de lucha por conseguir subvenciones sin ningún fruto y con casi sesenta años conoció a Michael Zenit.
Aquel día eran apenas las ocho de la mañana cuando alguien aporreó la puerta del apartamento del profesor. No hacía ni dos horas que se había acostado, había pasado la noche corrigiendo la tonelada de exámenes de acceso a la universidad que le habían asignado. Era sábado. Cuando el profesor salió del trance y comprendió que alguien llamaba, se vistió como pudo y miró la pantalla de la mirilla electrónica. La imagen que vio le hizo preguntarse seriamente si seguía durmiendo. No todos los días dos hombres de traje llamaban a su puerta, quizá alguna vez algún fanático religioso que venía a mostrarle el camino a no sé qué dios, pero los hombres que veían sus ojos eran algo distinto de eso. Uno de ellos se mantenía detrás, vigilante, mirando para todas partes. Sin duda era el guardaespaldas del segundo hombre, mucho menos fornido, más elegante. Al oír el zumbido que producían aquellos antiguos armatostes al conectarse, el hombre que estaba delante habló directamente a la cámara situada en el marco.
—¿Profesor Atkins? Sé que es temprano pero necesito hablar con usted y tenía apagado el timbre. Mi nombre es Michael Ze…
—Ya les he dicho mil veces que no tengo intenciones de vender mis investigaciones, malditos buitres. Ya me llamaron ayer. ¿No les quedó claro? No será mi idea una de esas que tiran a un agujero negro para olvidarla por siempre. ¡Váyanse!
Michael Zenit se giró hacia su guardaespaldas con un gesto divertido y miró de nuevo a la cámara mostrando su mejor sonrisa.
—Se equivoca, profesor Atkins, no he mandado nunca a nadie a hablar con usted. Como le decía mi nombre es Michael Zenit y he venido porque pretendo financiar su investigación.
Ese día cambió irrevocablemente su vida. Su idea tenía una oportunidad de convertirse en realidad. Aquello por lo que tanto había sufrido irradiaba ahora una tenue luz de esperanza. ¡Tenía una oportunidad de conseguirlo! Empezó a trabajar a la semana siguiente.
Michael Zenit, dueño de los Laboratorios Zenit, le ofreció prácticamente un cheque en blanco si le aseguraba avances significativos en cinco años, una clase de oferta que el profesor Paúl Atkins se había resignado a no oír jamás. Zenit era el hombre del momento en los mercados. Unos años antes había heredado los laboratorios de su abuelo y, tras un par de avances en el campo de la gravítica, había conseguido suculentos contratos y patentes de múltiples piezas para aparatos aéreos y de transporte en general. El dinero no era problema, Zenit era un joven rico muy entusiasta con el trabajo del profesor. Parecía apasionarle la ciencia, lo que decía haber heredado también de su abuelo, y aunque su preparación nada tenía que ver con la física pasaba horas con los científicos intentando comprender la complejidad del trabajo que realizaban. No importaba lo rutinarios que fueran los experimentos la mayoría de las veces, se quedaba ahí viendo una y otra vez repetir las mismas pruebas. Muchos le considerarían un estorbo si no fuera porque Zenit dejaba que las investigaciones fueran controladas en un noventa y nueve por cien por los científicos. Observaba, callaba, y sólo intervenía si la finalidad de la prueba se apartaba del guión previamente establecido por el comité científico que había diseñado los experimentos.
La noticia de que financiaría a Atkins no cayó demasiado bien en determinados foros, tanto científicos como gubernamentales. Durante un tiempo presionaron a Zenit con todo tipo de artimañas legales para que olvidara el proyecto del profesor. Licencias, impuestos, revisiones…; los laboratorios sufrieron varias auditorias en los primeros años, fallos en la estabilidad de un modelo de utilitario del que varios vehículos sufrieron accidentes fueron achacados a los aparatos gravíticos de Zenit, y muchas de las víctimas denunciaron a los laboratorios. Además estaba la prensa. El trabajo del profesor trajo controversia desde el principio. En todos los medios aparecían científicos de renombre afirmando que lo que sucedía en esos laboratorios era no sólo inmoral, sino que atentaba directamente contra las normas del mismo universo. Pronto le apodaron “el profesor loco”. Pero la presión que Michael Zenit ejercía demostró ser mucho más poderosa. Ofreció, compró y acalló. Políticos, periodistas… El dinero todo lo podía. Finalmente el tema se fue enfriando y pasó a un segundo plano hasta que todo el mundo lo olvidó. Tras casi cinco años de asedio, tres años de tranquilidad. Hasta hacía un mes.
Ahora, el profesor Paúl Atkins se dirigía por cuarta vez en lo que llevaba de mes a una inspección sorpresa del comité de investigación del estado. Algún burócrata ignorante estaría esperándole, paseándose por su despacho, su laboratorio, revisando sus notas, husmeando en sus archivos. En el último mes había descubierto que nada le enojaba más. Cuando llegara, el burócrata le haría rellenar interminables y banales formularios sobre su investigación, preguntaría multitud de “cosas técnicas” que llevaría apuntadas y tomaría notas sin saber qué le decía el profesor. “Maldita política”. Ya sabía como funcionaba, y no había alternativa. Era la ley. Lo único que se preguntaba es qué estaba pasando para que la influencia de Zenit hubiera perdido fuerza.
Los laboratorios habían mandado un vehículo a buscar al profesor Atkins a la escuela propiedad de los mismos, donde impartía clases semanales. Atkins sólo había impuesto esa condición, no dejar la actividad docente, y Zenit, aprovechando hábilmente la circunstancia, había creado aquella escuela donde se formaban los técnicos que trabajaban en sus factorías, y los nuevos científicos contratados adquirían los conocimientos necesarios para empezar a trabajar a buen rendimiento. Solo tardaría quince minutos en ir y volver los veinte kilómetros que separaban los laboratorios de la escuela.
* * *
El burócrata se presentó en la recepción del laboratorio como Adam Smith, enseñó sus credenciales como inspector del comité de investigación, las volvió a guardar en su maletín, firmó el pase de entrada e hizo que le acompañaran al despacho del director Michael Zenit. Vestía tarje y corbata negros impecables, como sus también negros y cuadrados zapatos sin cordones, que no mostraban ni el menor atisbo de roce o mancha. Su pelo, también negro, era ligeramente rizado y lo llevaba corto y peinado hacia atrás. Era un hombre joven de treinta y siete años cuyo porte y mirada le conferían un aire distinguido. Su rostro mostraba una actitud seria en todo momento, incluso severa. Parecía estar siempre enfadado. Su trabajo no le permitía ser de otra forma y como todo hombre de poder de alguna manera pasó a ser parte de su propia personalidad. Avanzaba tranquilo y firme, aplastando con cada nueva pisada de sus zapatos el eco metálico de la anterior. Recorría los pasillos que le llevaban a su primera presa; Zenit. Era perfecto, el profesor Paúl Atkins estaría en una de sus clases y tardaría unos minutos en llegar.
Un hombre con más pinta de matón que de guardaespaldas le acompañó directamente hasta el despacho de Zenit. Abrió una puerta que se encontraba en un enorme hall y se echó a un lado para dejar paso al inspector.
—El señor Zenit vendrá enseguida. No toque nada. —Se marchó cerrando la puerta del despacho tras de sí. A Smith le pareció gracioso, le dio la impresión de que aquel hombre sólo sabía decir esas dos frases. El informe estaba en lo cierto, Zenit era un arrogante. Había mandado a su mejor hombre a realizar la más difícil de las misiones. Hacerle esperar, y él no estaba acostumbrado a esperar.
Observó el enorme despacho detenidamente. Sin duda era el despacho de Zenit. Todos los aparatos, desde el ordenador hasta la cerradura, eran de última tecnología. Por otro lado todos los muebles de la sala eran de alguna madera, sin duda noble, manufacturados con un extraño aire barroco. Sólo estos, con los precios que alcanzaba la madera, costarían millones. También había una alfombra hecha a medida que ocupaba todo el suelo, con un gran reloj de arena en el centro como motivo principal. El duro rostro del inspector Smith esbozó una leve sonrisa al verlo. Por supuesto no faltaban los incontables premios en forma de placa o escultura, la gran mayoría de ellos en platino, ni las numerosas fotos con peces gordos de la televisión y el gobierno: directivos, accionistas, productores e incluso algunos presidentes de gobiernos anteriores. “¡Quiere impresionarme!”.
Esperó durante casi veinte minutos antes de que la puerta se abriera. Un hombre delgado de unos cuarenta años, de pelo prematuramente canoso y vestido con traje color champagne, camisa azul y corbata blanca, entró por ella cerrándola tras de sí. Observó durante un instante al inspector, y éste clavó sus ojos en los suyos. Los dos hombres mantuvieron la mirada durante unos segundos. Ambos calculaban cuan dura sería la batalla.
—Soy Michael Zenit, director de los laboratorios, y espero que el comité de investigación tenga un buen motivo para esto. Los días que no nos inspeccionan aquí trabajamos. Pierdo muchos millones con estas tonterías. ¿Qué quieren hoy?
—Mi nombre es Adam Smith...
—Y estará al tanto, señor Smith, de que en el último mes hemos sufrido cuatro de sus inservibles inspecciones. ¿Qué pasa, gastamos mucha “luz”? ¡Ustedes ni siquiera entienden lo que hacemos aquí! Sólo vienen a amargarnos, ¡cómo si eso fuera a detenernos! Pues escúcheme bien, dígale a quien quiera que sea su jefe que Michael Zenit se las ha visto antes con sus antecesores en el puesto y ninguno, ¡ni uno sólo! ha podido conmigo. Ahora revise las máquinas de refrescos o lo que sea que tenga que mirar y váyase de aquí. —Mientras decía esto se había acercado a su silla detrás de la mesa y se había sentado. Al terminar sacó una memoria portátil y la introdujo en su ordenador personal. Miró de nuevo a Smith. No se había ido, ni siquiera se había movido; es más, empezaba a hablar.
Sacó un papel doblado de su maletín y se lo entregó a Zenit.
—Como podrá ver vengo en representación del Ministro de Ciencia y Tecnología, y quiero que quede claro que no toleraré su sarcasmo. -El rostro de Zenit se endureció al leer la orden—. Vamos, Señor Zenit…, aquí no hacen mediciones mediante el espectro de la desintegración beta de átomos de tritio precisamente, si es que sabe lo que es —lo dijo despacio, como si hablara a un niño—. Y aun así, ¿sólo cuatro inspecciones en los últimos tres años?
—¡Sí, todas en este último maldito mes! —Zenit enrojecía de furia por momentos.
—Gozan ustedes de un trato privilegiado, y queremos saber por qué.
—¡Trato privilegiado! ¿Es usted nuevo en la oficina donde quiera que trabaje?
—Señor Zenit, sus laboratorios albergan un experimento potencialmente peligroso y usted lo sabe, no podemos cruzarnos de brazos y hacer como si nada sucediera. La ley aún no nos permite cerrarle el negocio y punto, pero sin duda está entre nuestras preferencias. La orden que le he dado me da libertad para moverme por todo el recinto y para entrevistar a todo el personal necesario.
Zenit le miraba con tal odio contenido que parecía que en cualquier momento iba a saltar de su silla contra el inspector. Pero Smith dominaba la situación de momento, la orden que llevaba era clara, si no podía hacer su trabajo Zenit sería enjuiciado de nuevo. Desobedecer al gobierno de una manera tan flagrante sería un error.
—Le seré franco —continuó Smith—, cualquier irregularidad bastará para abrir un expediente y paralizar la actividad del laboratorio. Ustedes han recibido un trato de favor y tenemos pruebas que lo demuestran. Pero eso se ha acabado, ya nadie admitirá su dinero, no comprará más políticos. Le vamos a hundir, Zenit. Y el laboratorio se hundirá con usted.
Los dos hombres se quedaron en silencio, inmóviles. La cara de Zenit irradiaba odio, la de Smith nada. Su rostro no era menos duro que cuando entró pero tampoco lo era más. Por un instante Zenit recordó cuando él mismo podía controlar así sus emociones, dando ese aspecto frío y calculador que tanto podía llegar a atemorizar a un hombre. La edad le había ablandado, esta vez era él quien tenía miedo, lo sabía porque la ira le estaba dominando. ¿La maldita burocracia iba a detenerle? Sólo pudo decir una cosa para contenerse.
—Salga... de mi despacho... —lo dijo lentamente, intentando soltar el máximo posible de aire, teniendo fe en que con él expulsaría la tensión. No funcionó, deseaba saltar sobre ese hombre.
Adam Smith cogió su maletín, se dio la vuelta y se dirigió despacio a la puerta. Se disponía a abrirla cuando se giró una vez más.
—Cuando llegue el profesor Atkins que vaya a su despacho, le estaré esperando. Por cierto Señor Zenit, Carlo Diamela me dio ayer recuerdos para usted. Tuvimos una agradable conversación en el jardín de su casa. ¿No le ha llamado? -cerró la puerta tras de sí, mientras Zenit se quedaba blanco. Fuera estaba el “matón” que antes había acompañado al inspector, guardando la puerta. No le siguió cuando salió del hall y emprendió el paso camino al laboratorio C-1 donde se encontraba el despacho del profesor. “¿La presa había mordido el anzuelo?”.
Casi inmediatamente Zenit llamó a su secretaria, le pidió que localizara a Carlo Diamela y que le prepararan un transporte.
Continuará...
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5 Enero 2009
4 Enero 2009
Hortaleza es un pequeño distrito de Madrid, pero es un gran barrio. Y no son sus edificios o parques, su mercadillo de los domingos o sus polideportivos, su radio o sus fiestas, son los hortalinos y hortalinas los que lo engrandecen. ¿Pero que significa eso de 'grande'? Os lo explicaré, al menos como yo lo veo, usando un claro ejemplo.
Durante más de veinticinco años la Cabalgata de Hortaleza ha paseado a los Reyes de Oriente por las calles del barrio. Algo así puede parecer a simple vista un fiesta al uso, pero nada más lejos, lo verdaderamente importante se escondía detrás, como casi siempre. Cada carroza de la comitiva era diseñada, construida, pintada y decorada por una de las asociaciones del distrito: Amejhor, Jóvenes del Parque, Radio Enlace, AAVV Villa Rosa..., y después esos mismos chavales subían a las carrozas cuando salia la cabalgata. Es decir, durante todo el mes de diciembre los chavales del barrio cortaban, serraban, pintaban, se fabricaban los disfraces y en definitiva disfrutaban construyendo una fiesta que era suya, y para ellos. Si a eso añadimos que asociaciones como Amejhor trabajan en y para las zonas más humildes y con mayor problemática social de la zona, o Jóvenes del Parque que entre sus objetivos tiene favorecer la integración de chavales con alguna discapacidad, el resultado era siempre muy bonito, y no solo eso, muy útil.
Pero toda historia que se precie tiene un buen antagonista. Elena Sanchez Gallar fue nombrada nueva presidenta de la junta del distrito tras las elecciones de 2007. Una de sus primeras decisiones fue cambiar el modelo de cabalgata, alegando que Hortaleza merecía una cabalgata con 'mayor excelencia cultural'. Las carrozas ya no serían construidas por los chicos y chicas de las asociaciones, doña Elena pensó que sería mucho mejor que las hiciera una empresa privada de Valencia (muy cultural ella), ademas de reducir el número total de carrozas en la comitiva, y de excluir calles emblemáticas del recorrido como Santa Virgilia, toda la zona de San Lorenzo, la Uva... (menos carrozas, menos recorrido, pero fue mucho más cara que en ediciones anteriores, que esta gente del ayuntamiento no es tonta, saben hacer números). Hay quien me dice que la concejal está en todo su derecho de tomar esa determinación, que para eso la votaron, y estoy de acuerdo, ahora bien, también los hortalinos y hortalinas estamos en todo nuestro derecho de quejarnos. Y eso hicimos.
Desde septiembre de 2007 la mayoría de las asociaciones del barrio se unieron para hacer frente común, y entre todos tratar de recuperar una de las fiestas más participativas de todo el año. Se presentaron varias propuestas en el Pleno (donde se insulto a las asociaciones y se las llamó ladronas, asociaciones que hacen un trabajo social del que la señora concejal tendría que sentirse orgullosa, pero en vez de eso las tilda de ladronas sin pruebas ni denuncias de por medio, le sale gratis), en el consejo territorial, se colgaron carteles informando a los vecinos, se consiguieron 5.000 firmas en unos días, se realizaron varias pitadas (doña Elena dice que la gente de estas pitadas no era de Hortaleza, ¿y de donde vinieron? ¿de Pinto?..., la que no es de Hortaleza eres tú, maja), y al ver que sus esfuerzos eran en vano se prepararon juegos y actividades la mañana del día 5 de enero, y un pasacalle para al menos poder ofrecer un espacio alternativo a la cabalgata privatizada que nos querían vender, y así que los chicos de las asociaciones pudieran participar más activamente. Más de 3.500 personas disfrutaron de lo que se convirtió en un éxito que supero las expectativas de todos. ¿Y este año?
Pues la cosa esta igual. Nuestra antagonista no da su brazo a torcer, pero las asociaciones han ido un paso más allá. Decidieron hacer su propia cabalgata, con sus propias carrozas, si no podía ser el día 5, seria el 4, por supuesto pidiendo los permisos pertinentes, y pasaría por esas calles olvidadas que fueron excluidas del trayecto original. Y repetirían también los juegos de por la mañana en el parque Clara Eugenia el mismo día 4. Talleres, juegos, payasos, magos, globoflectas... Sin más medios que sus manos, ilusión y trabajo duro seguro lo harían posible. Organizaron una fiesta en Galileo con música y monólogos de Agustín Jimenez para recaudar dinero para materiales (otro éxito por cierto, no quedo ni una entrada en taquilla), dos autoescuelas les prometieron sendos camiones para preparar dos carrozas, unos grupos de danza del vientre y otros de batucadas se ofrecieron también para amenizar el recorrido, e incontables personas ofrecieron su apoyo en una u otra forma. Y no importa que llueva en el montaje de las carrozas y el ayuntamiento no les deje sitio donde trabajar, siempre hay puentes donde refugiarse y eso hicieron ayer.
No se que os parecerá a vosotros pero para mi es una de las mayores pruebas de que Hortaleza es muy grande, sus gentes, sus asociaciones, su tejido social..., que no se dejan engañar con palabras grandilocuentes, ('excelencia cultural', ¿que significará eso en la cabeza de doña Elena? ¿Que se lleva un pellizco al darle carrozas a empresas privadas y fuera de concurso por 5.000€, para que luzcan su publicidad en la cabalgata? Puede ser..., ¿no? Creo que soy demasiado mal pensado.) y que lucharan siempre por lo que consideran justo.
Hoy es el día, hoy es por fin 4 de Enero. A las 11h de la mañana comenzarán las actividades y actuaciones en el parque de Clara Eugenia, y a las 18h saldrá la cabalgata, la de verdad, la de toda la vida, la de los vecinos y vecinas, la de los niños, la que tiene más de 25 años de historia, en la que no paga doña Elena ni se lleva un duro, la Cabalgata de Hortaleza.
Es así, estoy orgulloso de mi barrio, y para los que leáis esto antes de las 11 de la mañana o en su defecto antes de las 6 de la tarde solo os puedo decir una cosa. Venid y participar, sabréis de lo que hablo.
http://www.cabalgatadehortaleza.org
Postdata: A eso de la una de la tarde dicen que actuarán dos geniales payasos...
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2 Enero 2009
Este es uno de esos post de relleno, de esos de 'oye, ¿que vas a subir al blog?', 'ni idea'. A partir de ahora los veréis de vez en cuando, y los reconoceréis por se autenticas patrañas.
En fin, al tema. En mi familia acostumbramos a pasar fin de año en casa de mis abuelos maternos. Una prima, una tía, dos padres, dos abuelos, una hermana y algún invitado de última hora. Entre las discusiones míticas, esas que todos los años vuelven para atormentarnos tenemos auténticos clásicos. '¿Que haces niño?, pon la uno, las campanadas se ven en la uno', y algunas más personales como cuando fue la ultima vez que subimos a Bilbao. Y aunque parezca mentira esta era una de las más recurrentes discusiones de nochevieja. Hasta este año.
Tenemos familia en Bilbao y excepto mi abuela no mantenemos un contacto estrecho con ellos. Yo de hecho he estado una sola vez tan al norte de la península y de chiquitín. Mis recuerdos son pocos y borrosos, pero ahí están. Bueno, pues todos los años se discute que edad teníamos mi hermana y yo, si había nacido ella o no, si es posible que yo recuerde cosas... Cuando alguien año tras año te dice que tus recuerdos son falsos, que no puedes acordarte y menos de tú hermana que no había nacido, te sientes un poco idiota, o puedes llegar a creer que eres victima de una rara enfermedad mental, o vidente. El caso es que el primer año lo discutes, el segundo lo discutes y te encabronas (metafóricamente..., es navidad), y a partir del tercero dejas que discutan ellos y cambias el canal de la televisión. '¿Que haces niño?, pon la uno...'
Pero los reyes se adelantaron este año. Hace pocos meses vino una prima de mi madre de Bilbao y la discusión no podía faltar. Sin encontrar tampoco una resolución final, solo sirvió para avivar aún más las llamas, la contienda era inevitable este fin de año. Pero entonces encontré algo que prometió cambiarlo todo. Hurgando por ahí antes de cenar como un niño pequeño en busca de un gran y antiguo tesoro (las casas de los abuelos están llenas de ellos) encontré una vieja caja de cerillas. La sostuve y leí. “Enlace / Tito – Maribel / 22-10-88”. Me dí cuenta casi inmediatamente, y sentí vergüenza p
or lo fácil que habría sido solucionar la mítica discusión. Pregunte al aire para que todos me oyeran: '¿cuando estuvimos en Bilbao ibais a una boda?, de eso no me acuerdo'. 'Sí' respondió alguien. '¿Tito y Maribel?'. 'Claro' respondieron de nuevo. Y pensé, 'la madre que os...' Por supuesto mis recuerdos eran reales (siento cierto alivio), mi hermana había nacido, y yo bajaba a casa de los primos de mi madre a jugar al scalextric. Aunque eso no impidió la discusión, solo la cambio de forma. Se convirtió en 'el año tiene dos segundos más', 'no, tiene uno más, es para ajustarlo con el reloj atómico', '¡yo he escuchado esta mañana en la radio...!' Y alguna vez tenía que pasar. Discutiendo nos dieron las uvas, literalmente, y el silencio y nuestra cara de bobos al ver pasar las campanadas duro unos segundos, justo hasta antes de empezar a reirnos a carcajada limpia. Pero me quedo con lo más importante de todo, las cerillas funcionan aún..., 'genial, me encanta ese olor'.
servido por Las patrañas del Pope
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31 Diciembre 2008