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Las Patrañas del Pope

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Categoría: En las ruinas (Serie de relatos)

15 Enero 2009

En las ruinas - Guerra (Segundo relato de la serie)

Los seres humanos teníamos la Vía Láctea a nuestros pies. Nuestra semilla se había extendido en los últimos doscientos siglos por toda la galaxia, olvidando muchos aquel pequeño y limítrofe sistema solar que antaño nos vio nacer. Cientos de miles de planetas habían sido adecuados a la vida humana y se respiraba la idea de que al fin nuestra propia supervivencia como especie estaba perfectamente asegurada. Obviamente tendemos con demasiada facilidad a pensar que somos eternos, pero una ancestral sombra de la que nunca terminamos de librarnos ganaba nuevamente sitio en nuestros corazones. Pocos lo quisieron ver venir, y sin lugar a dudas ninguno llegó a entender su gravedad, al menos entonces.

Los historiadores de hoy no nos ponemos de acuerdo al achacar culpas o buscar las causas del conflicto, ni siquiera en el día y lugar en que todo comenzó. Yo os contaré mi versión sobre los hechos que precedieron a la contienda y los años posteriores, vosotros decidiréis si creerme, y hasta donde.

El último presidente electo de la República fue asesinado hace casi un siglo según el antiguo calendario terrestre que tanto nos cuesta abandonar. Los que niegan que fuese el primer muerto de la guerra mienten descaradamente, atendiendo seguramente a sus propios intereses. Parte de los hechos de aquellos días me fueron revelados por un viejo robot al que ahora llamamos Ben.

Asgard era en ese tiempo el imponente planeta capital de la República. Según los historiadores oficiales durante más de ciento cincuenta siglos había servido a dicho cometido, garantizando la democracia en toda la Vía Láctea. Pero como siempre, los grandes cambios vinieron precedidos por una gran crisis económica. A muy grandes rasgos la economía de la galaxia se basaba en un sistema tan antiguo como eficaz, la conquista. Aunque gran parte del trabajo lo hacían los robots especializados, en las ultimas fases de la colonización de un nuevo planeta hacía falta una ingente cantidad de mano de obra humana. La mayoría de esos trabajadores viajaban con su familia y se convertían en los primeros habitantes. Era una buena oportunidad para muchos, estaba muy bien pagado y la promesa de un mundo nuevo se hacia realidad en la imaginación de los más desfavorecidos. Pero hasta un tiempo después de terminar los trabajos de construcción un planeta en esa situación era totalmente dependiente de sus vecinos, tenían que importarlo absolutamente todo, desde alimentos, piezas de repuesto, metales, medicinas, hasta la ropa o los muebles de sus casas. Esto unido a los altos impuestos que gravaban todo tipo de comercio, y que eran indispensables para subvencionar la colonización, hacía que circulara el dinero de dentro a afuera de la galaxia y viceversa, en un ciclo continuo. Cuantos más planetas se estuvieran adecuando mejor. Pero hasta la Vía Láctea tiene un límite, y los planetas con alto indice de habitabilidad empezaron a brillar en el cosmos de la ausencia. El deterioro económico fue lento pero imparable, y el hambre llegó por primera vez a los planetas más dependientes.

El día que Arthur Colem fue asesinado las obsoletas centrales climatológicas no fueron capaces de evitar la densa y contaminada lluvia que caía sobre la mayor parte de la superficie de Asgard. El inmenso edificio blanco del Senado se tornaba gris aquella tarde y albergaba lo que sería la última sesión en democracia, por llamar de alguna manera a lo sucedido allí ese día. El hemiciclo estaba lleno, pero los representantes de los planetas interiores que formaban el ala conservador permanecían en pie delante de sus asientos, incluido el viejo Sísal. Cuando comenzó la sesión este pidió la palabra y habló desde su tribuna en la primera fila.

-Nuestra gran República fue sin duda el sueño de nuestros antepasados. Durante tiempos inmemoriales hemos debatido aquí, en esta casi sagrada sala el devenir de nuestra sociedad. Hemos tomado decisiones acertadas y nos hemos equivocado en muchas ocasiones, pero nadie puede discutir que la grandeza de nuestra especie y su propia supervivencia habrían sido metas imposibles si no hubiéramos dejado atrás nuestras diferencias en el pasado. Y aunque aquí a veces se haya insinuado lo contrario, yo más que nadie estoy orgulloso de los logros alcanzados por nuestra gran República.- Todo el ala conservador rompió en un sonoro aplauso mostrando su aprobación por las palabras del anciano. Sísal dejó que estos sonaran unos segundos y después con sus manos indico que quería seguir hablando. -Pero ha llegado el tiempo de dejar de soñar. La República se encuentra en el filo de la navaja, y aún no entiendo como hemos dejado que sucediera. La intensa crisis que atravesamos no es solo económica, los mismos pilares de nuestra sociedad se tambalean. He avisado durante largo tiempo en esta sala de que nos acercábamos al abismo, he vaticinado que nuestra democracia se enfrentaría al mayor obstáculo de su historia si no planteábamos medidas urgentes, pero no fui escuchado. Y ¿porque? Por pertenecer al mal llamado 'ala conservador', el cual se presupone lleno de ricachones gordos y avaros que no miran por el bien común. Mis advertencias fueron tomadas como amenazas, mis enmiendas rechazadas por ser 'antisociales', ¡se me ha acusado de querer acabar con la República!, ¡aquí!, ¡en esta sala que construyeron mis antepasados!. Y yo juro sobre la Vía Láctea que aquellos que alimentaron esos rumores son los verdaderos enemigos de la República- la cámara se dividió inmediatamente entre los que aplaudían fervientemente y los que increpaban al anciano, y este continuo hablando por encima ruido -Y muchos de ellos están aquí sentados hoy, conspirado en la sombra para quitarle a una gran parte del pueblo su voz.- Sísal levanto su mano derecha y poco a poco el ruido cesó. Entonces miró fijamente al Presidente Arthur Colem que estaba sentado al lado opuesto del hemiciclo. -Y usted señor Presidente ha observado desde su tribuna estos hechos como un mero espectador, ha visto como muchos de mis colegas han sido arrestados bajo falsos cargos de traición, hombres libres que tan solo querían avisar de la oscura espiral en la que caíamos sin remedio. Y ahora esto... Viene usted al Senado a que votemos si darle poderes especiales para reformar nuestra constitución y nuestra economía, según usted para evitar una guerra civil que elementos subversivos de nuestro gobierno preparan en la sombra. Pero yo al igual que mis colegas no estoy ciego señor presidente, veo con claridad sus motivaciones. Y en nombre de los representantes de los planetas interiores le hago saber lo que hemos venido a decirle. ¡No, de ninguna manera! ¡No con nuestro voto!- De nuevo todo el ala conservador rompió en un gran aplauso que duró un par de minutos que se hicieron eternos a los ojos de del Presidente Colem. Cuando cesaron el viejo Sísal volvió a hablar, pero ahora su voz sonó cansada y sin fuerza. -Usted y sus partidarios tienen mayoría en esta cámara, y los que entendemos que le mueven sus ansias de poder y no el amor a la República poco podemos hacer para evitar la dictadura encubierta que quiere instaurar. Es por ello que hemos tomado la decisión más difícil de nuestras vidas. Aún sabiendo que es ilegal los senadores de los planetas interiores nos reunimos esta mañana en secreto para decidir como actuar ante tan osado plan. Jamás pensé que lo que ahora va a suceder fuera posible, pero usted y sus ambiciones no nos han dejado otro camino.- Entonces los senadores del ala conservador, que habían permanecido en pie durante toda la exposición y que representaban a los planetas más ricos de la República empezaron a abandonar sus sitios dirigiéndose a la salida. Toda la cámara se quedó estupefacta, en silencio. El Presidente Colem se levanto de un salto y todos pudieron ver el miedo en sus ojos. -Abandonamos esta cámara y demás órganos de la República hasta que la cordura vuelva a reinar en ella, no sin antes avisar a los presentes de que si uno solo de nuestros planetas o ciudadanos sufren la más mínima represalia por lo ocurrido aquí hoy, comercial, judicial o militar..., entonces si nos enfrentaremos a una sangrienta guerra civil. Está en su mano, 'señor presidente'.- Y el viejo comenzó a andar hacia la salida siguiendo a sus colegas. En la sala la indignación era enorme. Solo se podían oír los gritos de 'traición' entre los senadores demócratas. Entonces uno de los asesores del presidente se acerco a su oído y ambos abandonaron el hemiciclo entre los jaleos de sus más fervientes seguidores.

-Reúne al gobierno, no veremos esta noche, debemos actuar rápido. Quiero que alguien intente hablar con el senador Sísal, hemos de buscar una solución pacífica.

-Pero señor, ¿no le ha oído? No aceptará nunca sus reformas comerciales, se agarrará a la idea de que lo que usted quiere es sentar las bases de una dictadura. ¡Ese viejo mentiroso y ruin! ¡Él es el que empuja a la República al abismo! Él y sus colegas lo perderían todo con su reforma, su riqueza y su poder sobre el comercio, y están dispuestos a cualquier cosa para evitarlo.

-No, pactarán. Sin el Senado la República no puede sobrevivir y él lo sabe. No se arriesgará a una guerra civil, aún tenemos al ejercito de nuestro lado. Pero eso es lo que él quiere, que le ataquemos, que le demos una excusa. Avisa a todos los generales, que ninguna nave de combate entre en sus sectores, ninguna, que cancelen todos los ejercicios y vuelvan a los hangares. Lo ultimo que nos falta es un accidente mal interpretado. ¿Donde está mi familia?

-Le están esperando junto al transporte, llegaron hace una hora.

Cuando los dos hombres terminaron de recorrer por última vez los pasillos del Senado y llegaron a los hangares, pudieron ver como un niño se escondía detrás de una columna mientras un robot contaba en voz alta hasta veinte. Es curioso como la historia guardaba un lugar de honor a ese simple robot niñera, que hasta ahora nunca había salido de Asgard. Cuando el niño vio llegar a su padre salió corriendo a su encuentro y se lanzó a sus brazos. “¿Como está mí campeón”? le pareció oír al robot, y este paró de contar y se dio la vuelta, el juego había terminado. Una mujer bajó de uno de de los transportes y se dirigió al encuentro de su marido.

-Lo he visto en las noticias. Te dije que harían algo así. La gente está muy nerviosa, pronto habrá revueltas.- Dijo esta. -Tendrías que mandar que los arrestaran a todos.

-No. Eso es lo quieren. Serán aún más fuertes si les damos motivos. Mi trabajo no es perpetuarme en el poder, es evitar una guerra para la que la República no está preparada.

-¡Eres el presidente electo de la República! ¡Ellos perdieron las elecciones! No puedes mostrarte débil, hoy tu liderazgo ha quedado en entredicho, la gente quiere un líder fuerte. ¡Eso es lo quieren hacer con tu imagen! Y despues...- el presidente Arthur Colem posó sus dedos sobre los labios de su mujer.

-Sé que tienes razón, como siempre, pero lo hablaremos luego, por favor.- Y miró de reojo al niño, no quería hablar de sus fracasos delante de su hijo. -Embarquemos, nos espera el resto del gobierno en la sede. ¿Quieres que vallamos de viaje campeón?- el niño asintió ansioso, sabía que eso significaba salir al espacio, lo cual no sucedía todos los días.

Todos menos el robot empezaron a andar hacia el transporte. Cuando se encontraban ya en la rampa de entrada, el niño miró hacia atrás y saludo con la mano al robot niñera que le acompañaba siempre que viajaba a Asgard.

-Adios robot, nos vemos a la vuelta,- gritó el pequeño, -y aprende más juegos nuevos.

-Seguro.- Respondió este con su característica voz metálica. -Buen viaje Odín, sabré muchos juegos nuevos a tú vuelta.

La nave cerró sus puertas y comenzó a ascender a la salida superior que ya se abría en el techo dejando pasar parte de la densa lluvia que caía sobre la ciudad. El robot dio un par de pasos atrás para no mojarse. Entonces una sacudida lo empujó y desplazó unos diez metros, cayendo de espaldas contra el suelo. Todos sus sensores se volvieron locos durante unos segundos debido a la fuerza de la honda expansiva que le había alcanzado de lleno. Cuando sus mecánicos ojos se recuperaron no pudo encontrar la nave del Presidente, hasta que miró su pierna y encontró parte del fuselaje destrozando los anclajes de su rodilla. Dos horas después los generales salieron con sus naves, los planetas interiores fueron bloqueados y Sísal y muchos otros Senadores fueron arrestados bajo cargos de traición y magnicidio. Tenían su excusa, la guerra era ya inevitable.

Pero curiosamente fue entonces cuando esa extraña pregunta se empezó a formar en los circuitos del cerebro cuántico de aquel robot, la pregunta que le llevaría a no necesitar dueño, la pregunta que le llevaría a encontrar años más tarde al único superviviente del planeta Watton, aquel maravilloso niño llamado a cambiar para siempre la historia de la Vía Láctea. Pero vallamos por partes, eso os lo contaré en otra ocasión.

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27 Diciembre 2008

En las ruinas - El encuentro (Primer relato de la serie)

El sol de media tarde bañaba las ruinas de la capital solo allí donde el polvo había terminado de asentarse. Tal y como estaba programado la pequeña nave de reconocimiento descendió hasta los trescientos metros para realizar un estudio más detallado de los daños. Poco quedaba de la imponente ciudad que tantos siglos había costado construir y adecuar a la misión de administrar el planeta. Puede que a las personas les costara creerlo, pero las emociones no son algo que únicamente ellos podían poseer. Sin duda lo que sintió aquel piloto ese día fue algo ya parecido a una emoción, debió de ser muy extraño para él. Mientras su cerebro recopilaba y procesaba los datos para su misión empezó a hacerse una idea de la magnitud de la tragedia. Había barrido ya casi todo el planeta y las peores proyecciones se estaban cumpliendo. No había supervivientes.

Era un modelo antiguo, fabricado mucho antes de que empezara la guerra. Había sido diseñado con forma humana, pero las carcasa metálicas que cubrían su cuerpo le delataban inmediatamente. Hacia mucho tiempo que no pertenecía a ninguna persona, su último dueño hacia casi ochenta años que había muerto. Después de eso no supo que hacer, hasta que una pregunta empezó a gestarse poco a poco en su cerebro cuántico, y terminó por darla prioridad absoluta. Y esa pregunta le había llevado hasta allí, por si sola, sin la necesidad de que una persona lo ordenase.

Accionó los mandos y la pequeña nave se dispuso a salir de la ciudad. Entonces los sensores detectaron algo. Paró en seco y miró los paneles. Calculo rápidamente que debía de tratarse de un error, y se dispuso a comprobar el sistema. Todo parecía estar en orden, los sensores funcionaban perfectamente. Dirigió la nave en dirección a la señal y aterrizó en mitad de una explanada. Cuando salió al exterior los motores habían parado y el silencio era sepulcral. Lo que sucedió entonces fue sin duda el acontecimiento más importante de la guerra, aunque sus consecuencias no serian visibles hasta muchos años después. Justo delante de él, encima de unas piedras, un niño humano le miraba paralizado por el miedo. Parecía tener unos cuatro años y estaba a unos diez metros. El robot se puso en cuclillas para parecer más inofensivo. El pequeño tenía varias heridas, ninguna de importancia, pero pensó que debía curarlas. Y seguro que tendría hambre, recordó que un humano necesitaba alimentarse. Y sed. Puso empeño en que su voz metálica sonara lo más agradable y comprensiva posible.

-Espera aquí, ¿quieres?- y el robot se dio la vuelta lentamente mientras se incorporaba y desaparecía dentro de la nave. Tenía alimentos y agua de sobra a bordo, encontrar a alguien con vida era una posibilidad, y aunque remota había que tomarla en cuenta, pues el viaje de regreso sería largo. Salió pasados unos segundos, el tiempo necesario para descongelar la naranja pelada que llevaba en la mano.

El niño no parecía ya estar tan asustado. Estaba muy sucio, debía llevar horas andando entre las ruinas, desde que acabó el ataque. De un pequeño salto bajó de las piedras y dio varios pasos acercándose. El robot se agacho de nuevo y extendió el brazo ofreciéndole la fruta. El pequeño le miro, miro la naranja y de pronto comenzó a llorar. La naranja se cayó al temblar de la mano metálica, nunca antes había visto llorar a un niño. De hecho tampoco nunca había hablado con uno.

-¿No..., no quieres la naranja? Tengo más cosas..., tengo más comida dentro.- lo dijo torpemente, abrumado por la situación y las variables de actuación. No sabía calmar a un niño humano, y se veía obligado a hacer algo sin saber si era lo correcto. Fue a levantarse para buscar más comida y en la operación tropezó y le costó incorporarse. Pero al pequeño pareció gustarle la faceta torpe de aquella maquina porque dejo de llorar.

-¿Como te llamas?- pregunto el niño. El robot se desconcertó todavía más. Nunca había tenido un nombre más allá del código que le asignaron en la fábrica. Intentó elegir rápidamente entre los nombres humanos que conocía, pero no sabía cual sería el correcto. Extendió el brazo hacia el pequeño y volvió a salir ese sonido metálico desde detrás de la carcasa de su cabeza.

-Ven...

-¿Te llamas Ben?- respondió el niño.

-¿Ven...? Sí, me llamo Ben. ¿Cual es tú nombre?

-Me llamo Jonathan.

-¿Estás solo Jonathan?- asintió con la cabeza y el robot le señaló la nave. -¿Quieres que nos vallamos? La guerra no es lugar para un niño.

-¿Y a donde vamos?

-Iremos en la nave hasta mi planeta, que esta muy lejos de aquí. Allí hay muchos como yo, nosotros te cuidaremos, lejos de las guerras de los hombres. Es el sitió más seguro de la galaxia, el único seguro.

-¿Y no me dejarás solo?- Esas palabras paralizaron al robot. Sintió que su cerebro se colapsaba, y por un segundo pareció sufrir un mareo, perdió un poco el equilibrio y se repuso rápidamente. Supo que el motivo de su existencia estaba a punto de cambiar. Ese pequeño no tenía a nadie. Y llevarlo a un planeta humano... no, no con esta guerra. Se acercó al niño y con sus dedos metálicos le agarro de la mano suavemente.

-No Jonathan, nunca te dejaré solo.


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