Suma de Historias (1ª parte) - Relato
“¡Maldito comité de investigación!” Era la cuarta vez. La cuarta vez que el profesor Paúl Atkins tenía que dejar una de sus clases a medias; la cuarta vez que salía corriendo a la otra punta de la ciudad en dirección a los Laboratorios Zenit, donde trabajaba. ¡La cuarta vez en un mes que un supervisor del comité de investigación iba a insultar su proyecto delante de su jefe, Michael Zenit! Estaba harto, ya no tenía el mismo vigor que años atrás, empezaba a parecer un anciano. Cuando todavía le acompañaban las fuerzas había aguantado, había sido fiel a su visión, había luchado contra el estado, contra la opinión pública, contra eso que la clase media llamaba moral. Nunca pudo conseguir fondos. Los gobiernos le censuraron negándole todo tipo de ayuda para su investigación. En el sector privado no le fue mucho mejor. “Y ahora este asedio. ¿Después de todo? ¿Hasta donde iban a llegar? ¿Aguantaré hasta el final?”. Después de más de quince años de lucha por conseguir subvenciones sin ningún fruto y con casi sesenta años conoció a Michael Zenit.
Aquel día eran apenas las ocho de la mañana cuando alguien aporreó la puerta del apartamento del profesor. No hacía ni dos horas que se había acostado, había pasado la noche corrigiendo la tonelada de exámenes de acceso a la universidad que le habían asignado. Era sábado. Cuando el profesor salió del trance y comprendió que alguien llamaba, se vistió como pudo y miró la pantalla de la mirilla electrónica. La imagen que vio le hizo preguntarse seriamente si seguía durmiendo. No todos los días dos hombres de traje llamaban a su puerta, quizá alguna vez algún fanático religioso que venía a mostrarle el camino a no sé qué dios, pero los hombres que veían sus ojos eran algo distinto de eso. Uno de ellos se mantenía detrás, vigilante, mirando para todas partes. Sin duda era el guardaespaldas del segundo hombre, mucho menos fornido, más elegante. Al oír el zumbido que producían aquellos antiguos armatostes al conectarse, el hombre que estaba delante habló directamente a la cámara situada en el marco.
—¿Profesor Atkins? Sé que es temprano pero necesito hablar con usted y tenía apagado el timbre. Mi nombre es Michael Ze…
—Ya les he dicho mil veces que no tengo intenciones de vender mis investigaciones, malditos buitres. Ya me llamaron ayer. ¿No les quedó claro? No será mi idea una de esas que tiran a un agujero negro para olvidarla por siempre. ¡Váyanse!
Michael Zenit se giró hacia su guardaespaldas con un gesto divertido y miró de nuevo a la cámara mostrando su mejor sonrisa.
—Se equivoca, profesor Atkins, no he mandado nunca a nadie a hablar con usted. Como le decía mi nombre es Michael Zenit y he venido porque pretendo financiar su investigación.
Ese día cambió irrevocablemente su vida. Su idea tenía una oportunidad de convertirse en realidad. Aquello por lo que tanto había sufrido irradiaba ahora una tenue luz de esperanza. ¡Tenía una oportunidad de conseguirlo! Empezó a trabajar a la semana siguiente.
Michael Zenit, dueño de los Laboratorios Zenit, le ofreció prácticamente un cheque en blanco si le aseguraba avances significativos en cinco años, una clase de oferta que el profesor Paúl Atkins se había resignado a no oír jamás. Zenit era el hombre del momento en los mercados. Unos años antes había heredado los laboratorios de su abuelo y, tras un par de avances en el campo de la gravítica, había conseguido suculentos contratos y patentes de múltiples piezas para aparatos aéreos y de transporte en general. El dinero no era problema, Zenit era un joven rico muy entusiasta con el trabajo del profesor. Parecía apasionarle la ciencia, lo que decía haber heredado también de su abuelo, y aunque su preparación nada tenía que ver con la física pasaba horas con los científicos intentando comprender la complejidad del trabajo que realizaban. No importaba lo rutinarios que fueran los experimentos la mayoría de las veces, se quedaba ahí viendo una y otra vez repetir las mismas pruebas. Muchos le considerarían un estorbo si no fuera porque Zenit dejaba que las investigaciones fueran controladas en un noventa y nueve por cien por los científicos. Observaba, callaba, y sólo intervenía si la finalidad de la prueba se apartaba del guión previamente establecido por el comité científico que había diseñado los experimentos.
La noticia de que financiaría a Atkins no cayó demasiado bien en determinados foros, tanto científicos como gubernamentales. Durante un tiempo presionaron a Zenit con todo tipo de artimañas legales para que olvidara el proyecto del profesor. Licencias, impuestos, revisiones…; los laboratorios sufrieron varias auditorias en los primeros años, fallos en la estabilidad de un modelo de utilitario del que varios vehículos sufrieron accidentes fueron achacados a los aparatos gravíticos de Zenit, y muchas de las víctimas denunciaron a los laboratorios. Además estaba la prensa. El trabajo del profesor trajo controversia desde el principio. En todos los medios aparecían científicos de renombre afirmando que lo que sucedía en esos laboratorios era no sólo inmoral, sino que atentaba directamente contra las normas del mismo universo. Pronto le apodaron “el profesor loco”. Pero la presión que Michael Zenit ejercía demostró ser mucho más poderosa. Ofreció, compró y acalló. Políticos, periodistas… El dinero todo lo podía. Finalmente el tema se fue enfriando y pasó a un segundo plano hasta que todo el mundo lo olvidó. Tras casi cinco años de asedio, tres años de tranquilidad. Hasta hacía un mes.
Ahora, el profesor Paúl Atkins se dirigía por cuarta vez en lo que llevaba de mes a una inspección sorpresa del comité de investigación del estado. Algún burócrata ignorante estaría esperándole, paseándose por su despacho, su laboratorio, revisando sus notas, husmeando en sus archivos. En el último mes había descubierto que nada le enojaba más. Cuando llegara, el burócrata le haría rellenar interminables y banales formularios sobre su investigación, preguntaría multitud de “cosas técnicas” que llevaría apuntadas y tomaría notas sin saber qué le decía el profesor. “Maldita política”. Ya sabía como funcionaba, y no había alternativa. Era la ley. Lo único que se preguntaba es qué estaba pasando para que la influencia de Zenit hubiera perdido fuerza.
Los laboratorios habían mandado un vehículo a buscar al profesor Atkins a la escuela propiedad de los mismos, donde impartía clases semanales. Atkins sólo había impuesto esa condición, no dejar la actividad docente, y Zenit, aprovechando hábilmente la circunstancia, había creado aquella escuela donde se formaban los técnicos que trabajaban en sus factorías, y los nuevos científicos contratados adquirían los conocimientos necesarios para empezar a trabajar a buen rendimiento. Solo tardaría quince minutos en ir y volver los veinte kilómetros que separaban los laboratorios de la escuela.
* * *
El burócrata se presentó en la recepción del laboratorio como Adam Smith, enseñó sus credenciales como inspector del comité de investigación, las volvió a guardar en su maletín, firmó el pase de entrada e hizo que le acompañaran al despacho del director Michael Zenit. Vestía tarje y corbata negros impecables, como sus también negros y cuadrados zapatos sin cordones, que no mostraban ni el menor atisbo de roce o mancha. Su pelo, también negro, era ligeramente rizado y lo llevaba corto y peinado hacia atrás. Era un hombre joven de treinta y siete años cuyo porte y mirada le conferían un aire distinguido. Su rostro mostraba una actitud seria en todo momento, incluso severa. Parecía estar siempre enfadado. Su trabajo no le permitía ser de otra forma y como todo hombre de poder de alguna manera pasó a ser parte de su propia personalidad. Avanzaba tranquilo y firme, aplastando con cada nueva pisada de sus zapatos el eco metálico de la anterior. Recorría los pasillos que le llevaban a su primera presa; Zenit. Era perfecto, el profesor Paúl Atkins estaría en una de sus clases y tardaría unos minutos en llegar.
Un hombre con más pinta de matón que de guardaespaldas le acompañó directamente hasta el despacho de Zenit. Abrió una puerta que se encontraba en un enorme hall y se echó a un lado para dejar paso al inspector.
—El señor Zenit vendrá enseguida. No toque nada. —Se marchó cerrando la puerta del despacho tras de sí. A Smith le pareció gracioso, le dio la impresión de que aquel hombre sólo sabía decir esas dos frases. El informe estaba en lo cierto, Zenit era un arrogante. Había mandado a su mejor hombre a realizar la más difícil de las misiones. Hacerle esperar, y él no estaba acostumbrado a esperar.
Observó el enorme despacho detenidamente. Sin duda era el despacho de Zenit. Todos los aparatos, desde el ordenador hasta la cerradura, eran de última tecnología. Por otro lado todos los muebles de la sala eran de alguna madera, sin duda noble, manufacturados con un extraño aire barroco. Sólo estos, con los precios que alcanzaba la madera, costarían millones. También había una alfombra hecha a medida que ocupaba todo el suelo, con un gran reloj de arena en el centro como motivo principal. El duro rostro del inspector Smith esbozó una leve sonrisa al verlo. Por supuesto no faltaban los incontables premios en forma de placa o escultura, la gran mayoría de ellos en platino, ni las numerosas fotos con peces gordos de la televisión y el gobierno: directivos, accionistas, productores e incluso algunos presidentes de gobiernos anteriores. “¡Quiere impresionarme!”.
Esperó durante casi veinte minutos antes de que la puerta se abriera. Un hombre delgado de unos cuarenta años, de pelo prematuramente canoso y vestido con traje color champagne, camisa azul y corbata blanca, entró por ella cerrándola tras de sí. Observó durante un instante al inspector, y éste clavó sus ojos en los suyos. Los dos hombres mantuvieron la mirada durante unos segundos. Ambos calculaban cuan dura sería la batalla.
—Soy Michael Zenit, director de los laboratorios, y espero que el comité de investigación tenga un buen motivo para esto. Los días que no nos inspeccionan aquí trabajamos. Pierdo muchos millones con estas tonterías. ¿Qué quieren hoy?
—Mi nombre es Adam Smith...
—Y estará al tanto, señor Smith, de que en el último mes hemos sufrido cuatro de sus inservibles inspecciones. ¿Qué pasa, gastamos mucha “luz”? ¡Ustedes ni siquiera entienden lo que hacemos aquí! Sólo vienen a amargarnos, ¡cómo si eso fuera a detenernos! Pues escúcheme bien, dígale a quien quiera que sea su jefe que Michael Zenit se las ha visto antes con sus antecesores en el puesto y ninguno, ¡ni uno sólo! ha podido conmigo. Ahora revise las máquinas de refrescos o lo que sea que tenga que mirar y váyase de aquí. —Mientras decía esto se había acercado a su silla detrás de la mesa y se había sentado. Al terminar sacó una memoria portátil y la introdujo en su ordenador personal. Miró de nuevo a Smith. No se había ido, ni siquiera se había movido; es más, empezaba a hablar.
Sacó un papel doblado de su maletín y se lo entregó a Zenit.
—Como podrá ver vengo en representación del Ministro de Ciencia y Tecnología, y quiero que quede claro que no toleraré su sarcasmo. -El rostro de Zenit se endureció al leer la orden—. Vamos, Señor Zenit…, aquí no hacen mediciones mediante el espectro de la desintegración beta de átomos de tritio precisamente, si es que sabe lo que es —lo dijo despacio, como si hablara a un niño—. Y aun así, ¿sólo cuatro inspecciones en los últimos tres años?
—¡Sí, todas en este último maldito mes! —Zenit enrojecía de furia por momentos.
—Gozan ustedes de un trato privilegiado, y queremos saber por qué.
—¡Trato privilegiado! ¿Es usted nuevo en la oficina donde quiera que trabaje?
—Señor Zenit, sus laboratorios albergan un experimento potencialmente peligroso y usted lo sabe, no podemos cruzarnos de brazos y hacer como si nada sucediera. La ley aún no nos permite cerrarle el negocio y punto, pero sin duda está entre nuestras preferencias. La orden que le he dado me da libertad para moverme por todo el recinto y para entrevistar a todo el personal necesario.
Zenit le miraba con tal odio contenido que parecía que en cualquier momento iba a saltar de su silla contra el inspector. Pero Smith dominaba la situación de momento, la orden que llevaba era clara, si no podía hacer su trabajo Zenit sería enjuiciado de nuevo. Desobedecer al gobierno de una manera tan flagrante sería un error.
—Le seré franco —continuó Smith—, cualquier irregularidad bastará para abrir un expediente y paralizar la actividad del laboratorio. Ustedes han recibido un trato de favor y tenemos pruebas que lo demuestran. Pero eso se ha acabado, ya nadie admitirá su dinero, no comprará más políticos. Le vamos a hundir, Zenit. Y el laboratorio se hundirá con usted.
Los dos hombres se quedaron en silencio, inmóviles. La cara de Zenit irradiaba odio, la de Smith nada. Su rostro no era menos duro que cuando entró pero tampoco lo era más. Por un instante Zenit recordó cuando él mismo podía controlar así sus emociones, dando ese aspecto frío y calculador que tanto podía llegar a atemorizar a un hombre. La edad le había ablandado, esta vez era él quien tenía miedo, lo sabía porque la ira le estaba dominando. ¿La maldita burocracia iba a detenerle? Sólo pudo decir una cosa para contenerse.
—Salga... de mi despacho... —lo dijo lentamente, intentando soltar el máximo posible de aire, teniendo fe en que con él expulsaría la tensión. No funcionó, deseaba saltar sobre ese hombre.
Adam Smith cogió su maletín, se dio la vuelta y se dirigió despacio a la puerta. Se disponía a abrirla cuando se giró una vez más.
—Cuando llegue el profesor Atkins que vaya a su despacho, le estaré esperando. Por cierto Señor Zenit, Carlo Diamela me dio ayer recuerdos para usted. Tuvimos una agradable conversación en el jardín de su casa. ¿No le ha llamado? -cerró la puerta tras de sí, mientras Zenit se quedaba blanco. Fuera estaba el “matón” que antes había acompañado al inspector, guardando la puerta. No le siguió cuando salió del hall y emprendió el paso camino al laboratorio C-1 donde se encontraba el despacho del profesor. “¿La presa había mordido el anzuelo?”.
Casi inmediatamente Zenit llamó a su secretaria, le pidió que localizara a Carlo Diamela y que le prepararan un transporte.


