Suma de historias (2ª parte) - Relato
Paúl Atkins entró en Laboratorios Zenit por la puerta principal. La recepcionista le llamó al verle.
—Disculpe, Profesor Atkins. El Señor Zenit se ha tenido que marchar hará diez minutos. Dejó dicho que el inspector del comité estaría esperándole en el laboratorio. También dijo que intentara retenerlo hasta que él volviera.
Se dirigió directamente y sin ninguna parada intermedia hasta el laboratorio. Cuando torció la última esquina de los interminables pasillos que conectaban las distintas dependencias, un hombre estaba esperándole en la puerta, no había entrado.
—Profesor Atkins..., es un verdadero placer conocerle —acompañó su saludo de una cordial sonrisa—. Mi nombre es Adam Smith y soy inspector del comité de investigación, necesito hacerle una entrevista pero le prometo que no le entretendrá mucho tiempo.
—Como sabrá tengo mucho trabajo, no es por ser brusco pero..., tendrá una orden, ¿verdad?
—Por supuesto.
Smith sacó de nuevo una copia de su maletín que entregó al profesor. Éste la leyó concienzudamente mientras cruzaba el laboratorio dirigiéndose a su despacho. Cuando terminó de leerla, entró y dejó la puerta abierta tras de si. Las luces se encendieron automáticamente dándole un tono acogedor. Estaba totalmente desordenado, lleno de tarrinas con discos ópticos, tarjetas de memoria, cables, componentes electrónicos y un viejo ordenador con un fondo de pantalla que parecía la foto de un personaje histórico. Por lo demás tan solo había una mesa y dos sillas, el profesor invitó con un gesto al inspector a que entrara y se sentara en una de ellas. Después despejó una parte de la mesa y se sentó enfrente dándose un minuto para releer la orden. El inspector Smith entró despacio, cerró la puerta y se sentó. Tras un largo silencio Smith rompió el hielo.
—Como sabrá, su jefe el Señor Zenit tiene derecho a estar en este tipo de entrevistas de carácter oficial pero ha rehusado acompañarnos, aunque tengo que confesarle que así me siento más cómodo.
—Pues yo no puedo confesarle lo mismo.
Se originó otro largo silencio. Era evidente que la situación molestaba al profesor más de lo previsto. Además respiraba muy hondo y rápidamente, como si aún no se hubiera repuesto de la caminata por el pasillo. Después de todo era casi un anciano. Lo que no era tan evidente era el agudo dolor que sentía en el pecho, como cada vez que se excitaba más de la cuenta, y ahora lo estaba. Lo disimulaba muy bien, puede que incluso a si mismo. Respiró hondo por la nariz y habló muy despacio dándole su tiempo a cada palabra.
—¿Qué es ahora?
—¿Como…? —el inspector se quedó perplejo por un momento. “No puede ser”. Palideció por un instante. Por algún motivo tardó en reconocer el verdadero y evidente significado de la pregunta. El profesor se refería a la inspección.
—¿Qué es ahora? ¿Qué estúpida licencia nos falta? ¿Qué hará esta vez que no pueda trabajar en cinco o seis días?
—No, no, nada de eso profesor. El Señor Zenit se ha ocupado de tener sus papeles en regla. ¿Quién es el hombre de la foto profesor? En la pantalla… —dijo señalando la misma con el dedo.
—Richard Feinman —contestó secamente.
—¿El físico del siglo veinte? —respondió sorprendido. El profesor levantó una ceja con desgana e ironía, y la pregunta quedó contestada—. Vaya... nunca había visto una foto suya, tenía entendido que casi todo el material fotográfico de esa época se perdió en las guerras de unificación. ¿Dónde la consiguió?
—Oiga joven, no estamos aquí para hablar de historia, como le digo tengo mucho trabajo, le agradecería que fuera de una vez al grano.
—Discúlpeme profesor Atkins, era sólo mera curiosidad. —se mantenía simpático, agradable en todo momento. El profesor estaba a la defensiva y le necesitaba en un estado algo más comunicativo. La mención a Richard Feinman había sido un acierto pero no había funcionado. Lo intentaría de nuevo. Aunque la misión no lo requería en si, era la única vez que iba a poder hablar con el profesor, y tenía cierta curiosidad en saber hasta donde habría sido capaz de llegar—. Le prometo que trataré de hacer esto lo más corto y llevadero posible, pero después me encantaría saber como consiguió la foto, si es posible. Es mera curiosidad histórica. ¡Muchos editores de enciclopedias querrían sin duda una copia! Bien…, iré al grano como me ha pedido. Como sabe Michael Zenit es un hombre muy influyente. De unos años a esta parte ha cimentado un pequeño imperio mediante las patentes de sus laboratorios y, digamos, incontables donaciones, anónimas por supuesto, a determinadas campañas políticas. Sin duda sabe hacer amigos. Sin embargo aunque se trate de una actividad que raya lo ilegal no podemos procesarlo. Es una práctica muy lucrativa para los partidos y no dejarán que asustemos a sus “benefactores” con un juicio público de esta índole. La situación ha cambiado. Carlo Diamela, Vicepresidente del Ministerio de Economía Social e Impuestos, y cómplice de Michael Zenit en una estafa de cuantía sin precedentes en los últimos siete años, ha hablado. Esta dispuesto a testificar para conseguir un trato privilegiado, evasión de impuestos es un delito muy grave. Lo siento profesor —parecía que lo sentía de veras—, pero su jefe va a ir a la cárcel.
El profesor le miraba fijamente, escudriñando su cara, buscando un gesto, un tic que le dijera que mentía. No lo vio.
—¿Y por qué me cuenta a mí todo esto? —dijo finalmente.
—Porque necesito saber qué hará usted con su investigación cuando la subvención Zenit se corte.
Atkins se echó a reír. Decía algo entre risas que se convertían poco a poco en una fuerte tos.
—¿Qu... e qué… ha. . ré…? —tosió unos segundos más. Se sentía ahogado, se ahogaba y le dolía el pecho. Quizá el inspector decía la verdad. Su investigación podía acabar incompleta. Estaba muy nervioso y le dolía mucho el pecho. Se tranquilizó y el dolor se mitigó. Se aclaró la garganta y respiró profundamente varias veces.
—¿Se encuentra bien, Profesor Atkins? Sé de su afección cardiaca, ¿necesita algo?
—Sólo unos segundos… —seguía respirando y se encontraba mejor—. Es una pregunta estúpida. Si como usted dice pierdo la financiación de los laboratorios mi proyecto habrá terminado. No tengo edad como puede ver para andar cazando subvenciones.
—Bueno desde mi punto de vista todo depende de lo avanzada que esté la investigación, profesor. Si está a un paso de conseguirlo seguro que algún laboratorio querrá colgarse la medalla. Siento ser tan brusco, pero intento ser lo más franco posible.
—Pues dígame el por qué de esta persecución. Lo que intento hacer será un hito en la historia. ¡Cambiará a la humanidad! ¿Por qué tanta reticencia? El viaje en el tiempo es un regalo para los hombres. ¡No lo ve! Es el único futuro fiable. ¡Y puede que lo consiga! No aún, pero…, sí en diez años. ¡Lo conseguiré! —empezó a toser de nuevo. Se estaba alterando demasiado y se apretaba el brazo izquierdo con la otra mano a la altura del antebrazo. Smith comprendió entonces que Atkins nunca lo lograría. Miró con lastima al profesor. Entendía a ese hombre, cómo no iba a entenderle. Pero no estaba en su mano, y ya tenía lo más importante de lo que había venido a buscar.
—Profesor, todo esto no es contra usted ni contra su investigación, es contra Zenit.
—¿No pretenderá que me crea eso? Zenit gozaba de la total libertad que le otorgaba su posición hasta que comenzamos el proyecto. ¿Sabe que los laboratorios nunca sufrieron una auditoria o siquiera una verdadera inspección hasta hace ocho años? No intente tomarme el pelo, no soy un viejo senil. Ustedes, el gobierno, o de donde quiera que viene la presión luchan contra el proyecto. Son un atajo de ignorantes chupatintas. No se dan cuenta de lo beneficioso que sería para la humanidad si tengo éxito.
—¿Ha pensado alguna vez profesor lo que hará Michael Zenit si usted tiene éxito? —el profesor no contestó—. Imagine por un momento ese regalo en manos de un solo hombre, un hombre como Michael Zenit, acostumbrado a conseguirlo todo. Es una gran tentación para un hombre así. Capacidad para cambiar la historia a su antojo, conocer el futuro, las fluctuaciones de la bolsa, el resultado de unas elecciones, conocer descubrimientos científicos para los que faltarían años o décadas, incluso siglos… Y créame Zenit actuaría así, se lo aseguro. ¿Creé en serio que ese hombre entregará el descubrimiento a la humanidad? No, le arrebataría la gloria, lo usaría en su propio y único beneficio. Teníamos que evitarlo, sé que en el fondo entiende lo que le digo. El viaje en el tiempo es peligroso si no se usa con fines loables. Nunca hubiera imaginado que esto sucedería así. Admiro su trabajo profesor y siento haberle dado la noticia de esta manera, pero Zenit está acabado. Ya no está en mi mano.
Hizo una pausa para que el profesor asimilara los últimos diez minutos.
Atkins se había quedado pensativo. Sin duda había considerado esa posibilidad muchas veces y tenía sus propios planes para evitar esa posible situación. Su máquina sería un regalo a la humanidad y él, el mayor benefactor de la misma. Sería usada por el bien del mundo, se evitarían guerras, pandemias, caídas de la economía, incluso ayudaría a la colonización de la galaxia. Sus usos serían incalculables. Podía ocuparse de Zenit, no tenía ni por qué enterarse de que lo había conseguido. Sin duda las consecuencias del mal uso de la máquina serian catastróficas, pero… “¡sabría engañar a Zenit!”
Adam Smith estuvo callado y observando al profesor durante un largo rato. Después quiso satisfacer su curiosidad.
—Pero…, por favor profesor, dígame donde consiguió la foto de Richard Feinman.
* * *
Entre Michael Zenit y su secretaria no habían podido localizar a Carlo Diamela. Por primera vez desde que todo empezó Zenit tenía un verdadero problema. Si Diamela había hablado todo se iría al cuerno. Nunca habría podido financiar al profesor sin los desvíos de capital que la amistad con el Vicepresidente del Ministerio de Economía Social e Impuestos habían facilitado. Y ahora se podía volver contra él. Tenía que hablar con ese hombre, tenía que saber si había cantado, qué había dicho, hasta dónde le había traicionado. Para ello se dirigía a la casa particular de Diamela en su transporte personal. En el ministerio le habían dicho que Carlo estaba enfermo y no había ido a trabajar. “¿¡Por qué no atiende nadie el teléfono!?” Llegó a la entrada principal donde le recibió un miembro de la escolta.
—Buenos días, Señor Zenit, el Vicepresidente le está esperando.
—¿Avisó de mi visita?
—Sí, Señor, esta mañana temprano —manipuló unos mandos y dio paso al vehículo tras abrirse la verja.
Entró en la casa y le dijeron que Diamela le esperaba en uno de los salones. Cuando llegó, Carlo estaba sentado en un sofá enfrente de una enorme pantalla siguiendo un noticiario financiero. Parecía tranquilo, y eso puso más nervioso si cabe a Zenit.
—Michael, te estaba esperando —Carlo Diamela dijo esto con una sonrisa. Zenit cerró tras de si la puerta y sacó un aparato cilíndrico que encendió y puso en una mesa en mitad de la sala. A Diamela pareció no gustarle—. ¿Qué haces? Sabes de sobra que no hay micrófonos aquí.
Zenit miró fijamente al vicepresidente, con más dureza de la que nadie le había mostrado en muchos años.
—¿Me has vendido Carlo? —la pregunta pareció tener eco, resonar en las paredes. Diamela le miró confundido y claramente molesto.
—¿De qué estás hablando Michael? —Diamela apagó rápidamente el noticiario. Zenit parecía fuera de si.
—No te hagas el tonto conmigo. Adam Smith. ¿Qué le dijiste? —casi había gritado, su voz era la de un hombre capaz de todo. Diamela se puso nervioso, estaban, como siempre, solos en el cuarto.
—¿De qué me estas acusando Michael? Me crees capaz de romper nuestra “sociedad”.
—Sé que ayer hablaste con Adam Smith, Inspector del Comité de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Cree tener algo contra mí. ¿Qué le dijiste?
—¿De qué hablas Michael? Ayer hablé con el tal Adam Smith y te aseguro que no trabaja para el ministerio. Es historiador y estuvimos hablando de mi abuelo.
—¿¡Tu abuelo!?
— Sí, fue presidente de la antigua república chilena, antes de la guerra. El tal Smith es historiador, estuvimos hablando sólo de mi abuelo.
—¿Historiador? ¡He visto sus credenciales! ¡Traía una orden! Está en el laboratorio con Atkins.
—Pues te aseguro Michael que no pertenece al ministerio. Conozco a todos los inspectores, ya lo sabes. Ese hombre no trabaja para el estado —a Zenit le pareció que no mentía. Aún no estaba seguro de por qué lo pensaba, pero Carlo Diamela decía la verdad.
—¿De qué hablasteis? —Zenit estaba desconcertado. No llegaba a entender qué sucedía.
—Ya te lo he dicho, sobre mi abuelo. En ningún momento salió ningún tema relacionado contigo o los laboratorios. Ojeamos revistas antiguas —mientras Carlo Diamela seguía hablando Michael Zenit cogió su teléfono del bolsillo y llamó a los laboratorios. Nadie lo cogía—. Sin duda era historiador, sus conocimientos sobre la guerra eran indudables y...
—Puedo hacer una llamada, creo que mi teléfono no funciona —dijo esto a la vez que se dirigía a un teléfono que había en la sala y empezaba a marcar.
—No funciona tampoco... Lleva así todo el día. Parece que no hay línea. Desde que me llamó tu secretaria a eso de las diez de la mañana para decirme que vendrías no ha vuelto a funcionar. He hecho que avisaran a un técnico pero… —Zenit le miró y empezó a comprender.
—Mi secretaria no te ha podido localizar, y mucho menos a las diez de la mañana, cuando aún no sabía que vendría —dejó el teléfono.
—Pero, no lo entiendo. ¿Tú no me has llamado esta mañana? Entonces qué….
—Nos han engañado —una punzada atacó el estómago de Zenit—. ¡Carlo, haz memoria! Ese hombre… ¿Te dijo algo que pueda ser importante ahora? No sé, lo que sea. ¿Te dio algo?
—Bueno, me regaló un ejemplar de la revista “Historia del Hombre”, editada hace unos años. Tiene un artículo muy bueno sobre mi abuelo. Pero... ahora que lo pienso... —Carlo Diamela se levantó y fue hacia un escritorio del que sacó una antigua revista de un cajón—. También hay un pequeño artículo sobre ti y los aparatos gravíticos, lo ojeé de pasada. Viene con una entrevista que diste en Tokio —entregó la revista a Zenit. Éste miró la fecha, y buscó la entrevista. Palideció cuando vio la foto adjunta. La punzada en su estomago se multiplicó exponencialmente, y al fin comprendió. Empezó a sudar y tuvo que sentarse, pues se estaba mareando.
—¿Qué pasa Michael? ¿Te encuentras bien?
Michael Zenit tardó en contestar. No podía creerlo. Se había dado cuenta nada más verla. La foto era un montaje, pero el mensaje implícito era evidente. Tenía que volver al laboratorio enseguida. Habló mientras se levantaba y andaba hacia la puerta. La revista se le cayó de las manos, o quizás la dejo caer.
—Que yo nunca he estado en Tokio Carlo, —y cerró la puerta tras de si.


